Extravíos del futuro
Las bandas sonoras de los films de John Carpenter acostumbran a ser inquietantes y amenazadoras. Suelen estar compuestas por un mar de sonidos...

Ray Manzarek fue el responsable de convertir muchos temas rocosos sin excesivos condimentos melódicos de The Doors en auténticas odas dionisíacas. Es a quien debemos tanto el tono oscuro y misterioso como la aureola mágica que rodea muchas canciones que, gracias a la intervención de ese desgarbado muchacho con aires intelectuales, podían escucharse perfectamente en castillos y calles medievales. Transmitir la elegancia gótica y la sensualidad frugal necesarias para convertirse en retablos barrocos y fuente de inspiración de todo tipo de búsquedas y viajes internos.
The Doors fue uno de los grupos de los 60 que, con más profundidad, hablaron del exilio y la extrañeza. A mí me gusta interpretar, de hecho, su obra como una oda llena de tristeza sobre la expulsión paradisíaca; una telúrica canción evanescente que alude a veces con melancolía y otras con irritación al paso del tiempo (a todo aquello que se va para no volver) y además, dialoga frontalmente con la muerte. Considera a las Parcas y los demonios lascivos como algunos de sus interlocutores más válidos.
Es difícil destacar un disco de The Doors por encima de otro. En todos -hasta en el un tanto denostado The soft Parade– dejaron su huella. Vislumbraron los cielos y los infiernos con elegancia. Y por ello, yo tiendo a destacar el par de visionarias canciones con las que cerraron su primer y último album -«The end» y «Riders on the storm»- como las más representativas de los escarpados territorios que lograron penetrar con su música. Dos verdaderos poemas en ebullición constante en los que los espíritus de William Blake, Nietzsche, Timothy Leary y Charles Manson eran quemados a fuego lento. Dos rojas acuarelas decadentes y enigmáticas que invocaban la memoria de los poetas simbolistas, los asesinos y la Biblia que podrían sonar perfectamente en los auriculares de dios el día del fin del mundo. Y probablemente se escucharon también siglos atrás cuando las brujas alumbraban a sus hijos en lagos amarillentos cubiertos de la sangre de carneros y bueyes. Shalam
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