Sacos de harina
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Cuando contemplo un lienzo de Leonardo Da Vinci, no ceso de escuchar hablar al pintor florentino. Si embargo, en Durero existe un mutismo intrigante. En Da Vinci las figuras y paisajes remiten constantemente a ese misterio. Sugieren y casi gritan a voces que hay un misterio que no sabremos. Que hay un mundo desconocido y diabólico detrás de un caserío y el ilustre porte de las ciudades renacentistas.
La pintura de Da Vinci es una invitación a interpretar, a dejarse seducir por las mareas oscuras. Una llaga de la noche salvaje. Un preludio romántico Su arte es casi un reflejo de las matemáticas y el infinito. No hay conclusión. Sin embargo, la de Durero es una invitación a no interpretar demasiado. A intentar quedarse satisfechos plenamente con lo expuesto en el lienzo. Es parecida a un suntuoso castillo que tiene vedada la entrada a la sala donde se esconde un oculto secreto. A un monasterio cuyos libros sagrados están a la vista del público pero no pueden ser consultados más que por ciertos monjes y santones.
Da Vinci era un pintor que amaba el diálogo. La conversación. Se envolvía en niebla y pedía a los espectadores que lo buscaran. Al contrario, Durero se descubría totalmente. Se desnudaba sin reparos. Y pese a su gesto, no permitía que nadie se adentrara en su corazón. Hay quienes dicen que era orgulloso. Otros presuntuoso. Que deseaba ardientemente la fama y ser reconocido. Pero todas esas hipótesis quedan mudas frente a la sobriedad de sus lienzos.
Hay algo bizantino en Durero. Algo cruel y dorado. Durero acaba con el gótico centroeuropeo. Sienta las bases del arte individualista. Introduce la naturaleza realista en los claustros. Convierte el grabado en un arte despiadado y majestuoso. Es orgullosamente teutón. Su identidad es innegociable. Una mirada de Durero era capaz de infatilizar al arte flamenco y uno solo de sus lienzos de demostrar que la pintura tenía frente a sí un camino innegociable hacia el porvenir. Pero aún así, se perciben influencias de la escuela veneciana que tanto estudió en sus obras. De hecho, tal vez sea ese influjo mediterráneo el que le confiere cierto toque bizantino a su obra. Un soplo de aire grecolatino que además, lo hace tremendamente insinuante y sugestivo. Porque lo cierto es que aunque existen símbolos y marcas de todo tipo sobre todo en sus grabados, no era un artista simbolista sino que era su realismo lo que era simbólico. Era su desnudez la que transmitía todo tipo de ideas gracias a la ductilidad con la que mezclaba sobriedad centroeuropea y sensualidad italiana.
Hay en cualquier caso un sátiro en Durero pugnando por salir en los momentos más inesperados. Un visionario barroco escondido tras el primaveral medievalista y adusto renacentista. Un profeta que unía a Rabelais con las ofrendas florales romanas. La comedia latina y las tropelías bufas y carnavalescas de las ciudades medievales. Pero ese sátiro siempre está contenido. No termina de estallar por más que igual que contribuyó a concluir la Edad Media al realizar sus fastuosas ilustraciones del Apocalipsis bíblico, de alguna manera anticipó la llegada de Rubens y los pintores grotescos gracias a su incisiva mirada sobre su época. Su apogeo y su decadencia.
Existe por último un aspecto que amo muy profundamente de su pintura: la delgadez de su trazo. Durero es fino e incisivo. Es ligero pero firme. Y muy delicado. Pero ninguna de las características de su hábiles pinceladas se oponen a la amplitud que su mirada posee sobre lo trágico. Esa dimensión fáustica de la experiencia que sus lienzos dejaban entrever sin necesidad de recalcarla. Tanto es así que creo que, a pesar de su firmeza, Durero nunca llegó a hablar del todo en sus lienzos. Prefería susurrar. Decir las palabras en voz baja y así centrar toda la atención en el color. La búsqueda de un significado que siempre se negaba a dar, consciente de que el mutismo es a veces la más sagrada reliquia. El camino más escarpado pero probablemente también más fecundo hacia Jerusalem. Shalam
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