Tarantinitis
He vuelto a ver todas las películas de Tarantino este verano. He hecho mención a varias de ellas en los últimos días. Pero a ninguna de las que...
Sugería Carlos Boyero que Orson Welles era un hombre sin edad y estoy de acuerdo. Cuando era joven, su mirada era la de alguien experimentado. Una persona que, prematuramente, había atravesado abismos. Y por el contrario, de anciano, sus ojos transmitían un cierto brillo juvenil. Se sabe que, en los años correspondientes a la madurez, Orson Welles fue un niño grande y durante su infancia, un adulto prematuro. Un sabio que no había perdido la inocencia. Porque Orson Welles era eterno. Un Buda rebelde. El Miguel Ángel del cine. Y también el Caravaggio. Alguien capaz de transformar cualquier momento de la vida cotidiana en arte. Un apóstol de la lujuria, el goce y el buen vivir que se desplazaba por el mundo con el porte de los dioses. Y en un momento dado, se lo permitió todo: ingería inverosímiles cantidades de comida, llevaba a cabo las críticas más osadas y destructivas contra sus compañeros de profesión y fumaba como si su corazón fuera de hierro. Tal vez porque creía ser inmortal y, por tanto, si así lo deseaba, de los cielos caerían truenos en medio del estío más feroz o tal vez porque era muy consciente de que se había ganado un puesto en el Olimpo del arte -no hace falta más que contemplar varios minutos de Sed de mal, Mr Arkadin o El cuarto mandamiento para corroborarlo- y se encontraba más allá del bien y del mal. Lejos de toda esa panda de mediocres a los que su pantagruélica figura desafiaba. Envilecía aún más.
Estoy casi seguro de que, en algún momento de su vida, Orson Welles se creyó dios. Motivos tenía para hacerlo. En su comienzos, la RKO le pagó cifras económicas astronómicas para un debutante. Ciudadano Kane nunca se movió del pódium de las mejores películas de la historia del cine. Tuvo relaciones con algunas de las mujeres más bellas de su época -Rita Hayworth, Dolores del Río y Judy Garland entre otras-. Y, a pesar de que pronto se ganó la animadversión de los productores y el mundo de Hollywood en general, su prestigio artístico nunca dejó de crecer.
Orson Welles no fue denominado genio por casualidad. Su debut en el cine revolucionó la narrativa del séptimo arte. Amplificó sus posibilidades técnicas, construyendo innumerables planos y escenas inverosímiles. Y, obviamente, su epílogo como cineasta debía ser igualmente importante. La última película que rodó –Fraude– fue una maravillosa reflexión artística. Un falso documental sobre dos falsificadores artísticos que se adelantó a toda la ola de «fakes» creados en las últimas décadas tanto desde la industria de Hollywood como desde sus márgenes, cuyo influjo es cada vez mayor. Pues Welles se adentró hasta el corazón de las imágenes cinematográficas. Esa gran mentira. Y desnudó como nunca se había hecho hasta entonces la trastienda de una industria cuyos resortes se encargó de transformar en magia. Rodando todo tipo de bombas fílmicas cuya fuerza atravesará con seguridad el paso del tiempo. Roturará los campos más áridos, sembrándolos con su titánica fuerza. Shalam
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