Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Realmente, la carrera de Schuster en el fútbol profesional parece la de un héroe mítico. Un soldado exiliado, vencido y redimido en decenas de ocasiones a quien eso sí, no había un compañero o rival que no respetase porque, como futbolista, desde luego, era un portento. Tenía un guante en el pie y su visión de juego era de novela. Mágica. Era capaz de dar pases de una precisión asombrosa a larga distancia, consiguiendo hacer de cada saque de esquina o falta un medio gol, como si hubiera sido tocado por una bruja al nacer. Y de hecho, fue su enorme calidad, la precisión diabólica que existía entre su cabeza y sus pies, lo que le permitió jugar al fútbol andando durante años. Lesionado por Andoni Goicoetxea en 1981, se vio imposibilitado a correr con la velocidad de antaño pero lo disimuló perfectamente. Su capacidad de vislumbrar pases entre marañas de jugadores, su hábil control del balón y una notable capacidad de colocación, le permitieron seguir sobresaliendo en el fútbol de más alto nivel. Ser el comodín imprescindible en el que se apoyaban sus compañeros. Pues si bien su posición natural con el tiempo acabó siendo la de mediocentro, podía dejarse caer sorpresivamente en la zona de extremos o arrancar una jugada como líbero con suma facilidad. Imprimiendo siempre sobriedad, tranquilidad o si era necesario, verticalidad a las jugadas. Tranquilidad, suavidad y pasión.
Desde los inicios de su carrera, se vislumbró con claridad que Schuster era alguien diferente. Venía de conseguir con el Colonia un doblete histórico -liga y copa alemanas- y en la Eurocopa de 1980 deslumbró por su capacidad de desborde y lectura de juego. Más de uno vio en él el heredero de Beckenbauer y, tras su exhibición con su selección, es un lugar común en el periodismo considerar que si Schuster hubiera podido acudir al Mundial 82, Alemania no habría sucumbido con Italia en la final. Algo sobre lo que tengo mis dudas porque, tras vencer a Brasil, la selección transalpina caminaba embalada hacia el título y el excelso, angustioso y épico partido de Semifinales contra Francia, había dejado exhaustos a los alemanes.
Haciendo honor a su difícil carácter, la primera de las grandes decisiones de Schuster fue absolutamente contracultural pero, eso sí, no equivocada. A principios de los 80, la Liga alemana poseía probablemente más prestigio que la española pero decidió aventurarse en la península ibérica y probablemente actuó bien. Su fichaje fue vendido con letras de oro pues con su presencia, el F.C.Barcelona parecía estar llamado a marcar una época aunque, no obstante, muchos en su país no pudieron entenderle y se comenzó a acrecentar su fama de inmaduro, caprichoso y conflictivo. Lo que tal vez influyó en otra decisión de la que, en este caso sí, se arrepentiría toda su vida.
No resulta fácil explicar los motivos por los que Schuster no consiguió un capazo de títulos con el F. C. Barcelona a las nuevas generaciones. Más aún, teniendo compañeros transitorios en el club como Diego Armando Maradona. Debemos aludir para ello, entiendo, a una serie de circunstancias. Para empezar, el club al que llegó Schuster no era la máquina perfectamente ensamblada de jugar al fútbol de los últimos años. Cruyff había dejado su perfume de ganador pero todavía no había impuesto su sello y estilo. Existían innumerables urgencias históricas. Al odio contra Franco y el Madrid, se unía la necesidad y también la ilusión de ganar al fin la primera copa de Europa con la recién inaugurada democracia. El caos ibérico y ciertos complejos de eterno segundón se mezclaban con enormes cantidades de dinero procedentes de una clase burguesa sumamente orgullosa y altiva. Y en más de una ocasión, los deseos de establecer una estructura de club seria chocaban contra la mentalidad latina. El desparpajo y el vicio.
El F.C. Barcelona no era por tanto un edificio sólido. Todavía estaba en construcción y sus cimientos podían ser removidos con cierta facilidad. Una liga que estaba en las manos del equipo se perdió, por ejemplo, debido al secuestro de Enrique Castro Quini. El mismo Schuster insistío en no jugar ciertos partidos porque no se encontraban anímicamente en condiciones de afrontarlos. Por entonces, los defensas tenían carta libre para golpear a su antojo y la lesión que sufrió, le obligó a perderse gran parte de otra temporada además del Mundial 82. Un gran golpe moral. Asimismo, los campos de fútbol no eran la lona de billar perfectamente lisa que son ahora. Muchos eran un cenagal de barro y césped roto que perjudicaba a los jugadores técnicos. Lo que permitió que equipos como el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad tuvieran un pequeño margen para imponerse al resto. Entre sanciones por su carácter iconoclasta y lesiones, Maradona se perdió un buen número de partidos que no le permitieron engrasarse del todo con el resto del equipo. Y a veces, a Schuster y sus compañeros les bastaba con no salir lesionados de los partidos para sentirse satisfechos.
Obviamente, Schuster encajó perfectamente en aquel Madrid de la Quinta del Buitre. Apenas tuvo que hacer esfuerzos para acoplarse con un conjunto que era pura alegría y talento. Casi andando, con el mero hecho de levantar la cabeza y dosificándose, aportó lo que necesitaba aquel equipo para convertirse en un increíble mecano. Pues ese Madrid bordó el fútbol. Cualquier aficionado sabía que aquello que los jugadores blancos hacían en el campo era lo más parecido a una faena taurina o un lienzo de Solana. Pura exquisitez ibérica. El jardín de las delicias del fútbol español de aquella época.
Siendo sinceros, Bernd Schuster simplemente se dejó ir en aquel club presidido por aquel entonces por el Calígula de la construcción española, Jesús Gil. Pero su inmensa calidad le fue suficiente para conferirle a aquel irregular equipo, calidad y talante agresivos. Imponerle un carácter ganador. Por lo que, sin sentirse demasiado presionado a pesar de haber llegado a un club en constante ebullición, se dedicó a divertirse en lo posible y ganar dinero, dejando destellos de clase a su paso. Consiguiendo conquistar dos copas del Rey. Una de ellas realmente épica al Madrid, en la que marcó un espectacular gol de falta que ha de encontrarse en los anales de la historia. Una parábola de otro mundo, casi divina, que debió impresionar a los habitantes del Olimpo y fue su epílogo perfecto como jugador en España.
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