Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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De hecho, El mago no ofrece hechizos ni encantamientos sino, ante todo, conciencia. Conciencia de que la existencia es un milagro, aunque no está exenta de peligros y problemas. Razón por la que es necesario evaluar nuestras posibilidades e instrumentos para llevar a cabo nuestros fines. Conscientes, vuelvo a repetir, de que esa misma posibilidad es dichosa. Se encuentra en los primeros capítulos de los libros de aventuras e iniciados. En el principio de todos los ciclos épicos. Camelot, Gilgamesh, don Quijote, la comunidad del anillo.
El mago es un eficaz antidepresivo. Un incomprendido que sufre más por lo poco que mostramos entenderlo que por su propio destino y suerte. De hecho, él vive en el presente. Preparando el viaje. Pero no tanto atento a lo que sucederá más allá sino en crear la sinergia adecuada para que las aventuras se desarrollen. Es un cocinero de emociones. Un destructor de pesimistas. Un vividor al que le basta con dos comidas al día y un lecho para levantarse dichoso. O más bien, continuar con su tarea y labor sea cual sea ésta, la cual ni él mismo comprende y conoce del todo dado que es un ser de aire. Se alimenta de pensamientos. Transforma las emociones. Juega con las ideas que cambian a la misma velocidad con la que mueve las manos, buscando estrategias, remedios a las situaciones que vendrán. Artilugios con los que solucionar las dolencias del presente, haciendo un análisis despreocupado y realista de las situaciones.
El mago, sí, es un delirante. Un trasnochado. Es Apolo. El dios de la música y de la belleza. Pero también, un viejo camarada que goza tomando vino y contemplando las rosadas mejillas de las muchachas. Un astuto ladrón de almas que, no importa lo distraído o deprimido que nos encontremos, siempre halla el truco ideal o las palabras justas para revitalizarnos. Llevarnos de cabeza hacia los desfiladeros y tras mostrarnos con una sonrisa y las dos manos alzadas las montañas y colinas, invitarnos a saltar al abismo o a disfrutar de nuestra presencia en este mundo de una vez y para siempre y jamás. Haciendo que nos preguntemos si preferimos morir acosados por nuestros miedos y tristezas, el melancólico dolor causado por los curvos vuelos de los diablos, o emprender un viaje hacia el centro de nosotros mismos cuyo destino y final tal vez ni tan siquiera dios conozca. Shalam
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