Influenza de cuerpos
México es un páramo de muerte (y vida) de tales dimensiones, un pantano hediondo donde tan dificultoso es respirar, que la penetración de un virus...
Cuando el hombre con cabeza de piojo se despertó, estuvo durante varios minutos rememorando su más reciente sueño. Varios hombres con una cabeza de piojo similar a la suya caminaban por las calles de una ciudad. Al principio, habían intentado mantener la calma pero como, a pesar de estar correctamente vestidos, con traje y corbata y hasta maletín, asustaban a las personas que no tenían cabeza de piojo con las que se encontraban, dejaban pronto de intentar comportarse como solían hacerlo y se dedicaban a disfrutar de todos los placeres que siempre habían ansiado. Los había que se adentraban en bancos que se vaciaban con su sola presencia, otros que entraban en los restaurantes para comer gratuitamente los platos más sabrosos y quienes intentaban violar a las atractivas jóvenes con las que se encontraban aunque muchas de ellas no tenían cabeza de piojo. Pero también existían quienes intentaban confraternizar con los ciudadanos que no tenían cabeza de piojo sin conseguir otro resultado que espantarlos.
Horas después, al despertarse, respiró tranquilo porque se encontraba vivo. Seguía siendo un estudiante universitario con cabeza de piojo que vivía en un pequeño piso situado en la azotea de una gran ciudad. La mesa se encontraba recubierta con restos de café que habían manchado unos folios en los que había estado escribiendo hasta caer dormido. La computadora estaba encendida y un libro medio abierto sobre ella. Le costaba levantarse y tomar conciencia de la realidad. Al mirar su cabeza de piojo en el espejo se sintió feliz de tenerla allí consigo y la acarició y peinó suavemente. Luego saboreó los restos de la basura de los días pasados y conectó la radio y sobre la cama, comenzó a leer un ensayo de Aristóteteles hasta que sonó el teléfono. Al descolgarlo, reconoció inmediatamente la voz del otro lado. Era su novia. Una muchacha polaca, rubia y de ojos verdes con la que había pasado el verano anterior viajando por el país, trabajando en restaurantes, cafés y el campo. Le comunicaba que iba de camino a visitarlo y comenzaron entonces sus dudas. Porque en su sueño, tenía una cabeza de piojo pero no le importaba en absoluto puesto que había decenas de personas que poseían la misma cabeza de piojo que él. Y, entre ellas, probablemente se encontraría una mujer de su agrado. Sin embargo, ahora, en la vida real, él era el único hombre con una cabeza de piojo. Por lo que pensaba una y otra vez en suicidarse. Romperse el cráneo, pero no lo conseguía. Ya que, al comenzar a golpearse contra la pared, la propia cabeza de piojo reaccionaba y no le dejaba proseguir. Intentaba, en contra de su voluntad, morder sus manos y, justo cuando iba a atravesarlas, se detenía como advirtiéndole de lo que podía suceder si proseguía con sus intentos de acabar con ella. Algo mucho peor. Porque continuaría con vida y su cabeza de piojo pero sin manos. No le quedaba, por tanto, más remedio que esperar a su novia. Encendía un cigarrillo, dejaba la puerta entreabierta, se sentaba en un sillón y aguardaba el momento. Suplicando que alguien le ayudara a salir de la situación, de ese apocalipsis infame que podía suponer el fin de los hombres con cabeza de piojo. Shalam
0 comentarios