La rabia (2)
Hablé ayer precisamente de La rabia, el documental de Pasolini, porque desde hace unos días estoy en Merzouga. Un pueblo a las faldas del desierto...
A grandes rasgos, estoy de acuerdo con esta sentencia. De hecho, creo que es una de las más sabias que jamás he escuchado. Pronunciada curiosamente por un campesino pobre de un lugar perdido donde, aunque hubiera escasez absoluta de bienes, sin embargo existía abundancia -eso sí lo puedo asegurar- de amor, lucidez y sabiduría. De esa que conservan quienes no han perdido el contacto con la madre naturaleza. Algo que me parece lógico, pues la vida me ha enseñado que las grandes lecciones que recibimos, suelen proceder de los lugares más simples o los angostos. Emergen entre los retruécanos y meandros por los que se bifurca el camino. Esas vías que muchas veces, creemos que nos conducen a la perdición cuando, en realidad, nos están dirigiendo hacia nuestro verdadero destino.
Tal vez en las páginas de ese libro sí que exprese con claridad cómo me siento ahora mismo. Probablemente, porque entonces lo comprenda mucho mejor. Y tenga la perspectiva adecuada para hacerlo entender de manera precisa. No sé si lo he dicho ya, pero me guste más o menos -pues escribir El libro del padre no es en absoluto fácil- he de hacerlo. Es un requisito sin el que, en un momento dado, no podré continuar escribiendo.
Por entonces, estoy hablando de agosto del 2008, no tenía yo en absoluto pensado escribir sobre mi progenitor. Y, en realidad, no imaginaba que lo hiciera en el futuro. Pero determinados acontecimientos, precipitaron que comenzara a escribir un libro, el del padre, que considero sanador. Pues cada palabra, cada una de esas frases es, en el fondo, un bálsamo, una medicina rejuvenecedora que me conecta con un tiempo eterno, un lugar donde sólo nos encontramos mi padre y yo y nadie más. Pero al mismo tiempo, un sin fin de personas y entes, lo de más afuera y más adentro, el círculo, el limbo y los pasadizos hacia el paraíso.
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