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El fin de la noche

Feb 14, 2024 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a las dos última etapas de Los Suaves. La que va desde Maldita sea mi suerte hasta San Francisco Express y la que comienza con Víspera de todos los santos y concluye con Adios, Adios. El cual recomiendo leer escuchando el tema de idéntico título que abre Malas noticias.

El fin de la noche

Los Suaves lo tenían muy difícil tras el éxito obtenido con un disco tan bueno como Ese día piensa en mí. Probablemente eran conscientes de ello porque ficharon por una compañía multinacional y se tomaron su tiempo para grabar y publicar su nueva criatura. Una obra potentísima, contundente y arrolladora, llamada Maldita sea mi suerte.

La portada era toda una declaración de intenciones. Los Suaves parecían homenajear en ella a Los Ramones, evocando aquel mítico concierto de primeros de los 80 celebrado en La Coruña en el que telonearon a la banda norteamericana y se dieron a conocer al público. Aunque a mí al menos la instantánea también me recuerda a las que se hacían los grupos de trash metal de la época. Un indicio al fin y al cabo de que Los Suaves no iban a bajar el pistón. Al contrario, iban a apretarlo con fuerza.

En cualquier caso, aunque el grupo nunca dejará de tener un punto canalla que les permitirá desbarrar cuando lo necesiten, en Maldita sea tu suerte el punk se queda definitivamente de lado en beneficio de un hard rock clásico que se endurece por momentos hasta rozar el heavy. Pero, eso sí, un heavy siempre lírico y barrial que destila personalidad. De hecho, la banda gallega logró algo muy difícil en este disco: mezclar Bob Dylan, los clásicos literarios y la épica del fracaso con los trallazos heavys de los 80. Así que nos encontramos con temas que podrían recordar a Ángeles del Infierno o Barón Rojo como «Maldita sea mi suerte» y otros que envidiaría el más descarnado cantautor folkie como es el caso de «Pardao». Una maravilla poética a mitad de camino del realismo mágico gallego y Bukowski.

Lo más impresionante de todo es que Los Suaves consiguieron alcanzar estos logros sin darse aires de grandeza. No existía pedantería en los miembros de un grupo que se dio el lujo de contar ni más ni menos que con la colaboración de Alvin Lee (Ten Years After) y además se permitió grabar un tema de casi veinte minutos.

La cercanía de los componentes del grupo así como su inmenso talento terminaron de conquistar a un público que los consideró uno de los suyos. Llegó un momento, de hecho, en el que Los Suaves éramos todos. Público y banda. Y los conciertos se convirtieron en fiestas llenas de buen rollo que permitían rememorar la energía de los conciertos de heavy de los 70 y los 80 o de, por ejemplo, los primeros recitales de Leño.

Los Suaves eran pueblo, eran rock, eran poesía, eran heavy, eran folk, eran talento, eran humildad, eran energía y además, iban a contracorriente. No hay más que ver el sonido que se gastaban y las pintas que llevaban en una época, (los 90), que si por algo se caracterizó fue por la artificialidad, el desprecio de los obreros y el reinado de todas esas bandas indie que cantaban en inglés, no cuidaban las letras, estaban enamorados del techno y cuidaban su imagen descuidada al límite. Unas circunstancias que propiciaron que Los Suaves se convirtieran en un grupo muy querido. Un símbolo de resistencia.

Pronto, las camisetas de Los Suaves (con el mítico icono del gato) brotaron por doquier. Se convirtieron en lanza y tótem de tribu. Una tribu compuesta por desenfadados muchachos de instituto, albañiles, fontaneros, currantes, viejos rockeros y algunos (escasos) literatos que no podían menos que rendirse a las letras cada vez más elaboradas de un Yosi en estado de gracia, casi iluminado. Un señor con una intuición profunda que había logrado lo que parecía imposible: iluminar con versos rutilantes y canciones que en ocasiones remitían al rock de los 70 o incluso a Jethro Tull a una generación descreída, nihilista que hasta la llegada de Los Suaves, parecía tener sólo dos amigos fraternales: la cocaína y el dinero.

Los logros artísticos conseguidos por Los Suaves desde Maldita sea mi suerte hasta San Francisco Express (también aquí incluiría Víspera de todos los santos) me parecen impresionantes. Los cuatro discos son muy buenos. No son perfectos (ni falta que hace) porque siempre aparece por allí algún tema un tanto irregular, pero era eso precisamente lo que continuaba humanizando a una banda que, al menos en el estudio, daba siempre la de cal.

Las producciones  de todos esos discos me parecen una maravilla a estudiar. No sé si se han destacado lo suficiente. Porque son muy potentes, encajan perfectamente en medio de una época en la que reinaban los sucios gritos del grunge pero encajan también en el rock clásico. De hecho, las guitarras se doblan y suenan en muchos momentos como en los discos de Thin Lizzy. Y al mismo tiempo, sigue percibiéndose un brillo en la base rítmica que recuerda al rock madrileño de los 80. Los Suaves también cumplían con un ritual típico en los grupos heavy como era el colocar una balada en cada disco pero lo hacían con una naturalidad asombrosa, desbordante. Creo que porque en vez de buscar solemnidad, tiraban de sus influencias folkies logrando crear tristes semblanzas urbanas de desamor llenas de vida. Por si todo esto fuera poco, en estos discos había incluso un rollo norteño, gallego y celta que llenaba de épica y magia algunos temas como es el caso de «El afilador».

En cualquier caso, aún había más. Como dicen los argentinos, aún queda la fruta del postre. Las ya mencionadas letras de Yosi que llegaron probablemente al cénit en San Francisco Express.

Ni más ni menos que justo en el incipiente comienzo de la fiebre del ladrillo y aún con la resaca de los años de pelotazo, apareció un disco en el que el antiguo policía utilizaba la metáfora del viaje en tren y miraba directamente a Bécquer y al romanticismo español para dedicar una obra conceptual a los muertos. A varios jóvenes cuyos nombres relucían tristes en el cementerio de San francisco (Orense). Una muchacha (Lisa) enferma de Sida muerta en la veintena, otro joven (Tomás) arruinado por las hipotecas o Isaac, un soldado muerto en una misión de paz en Bosnia que protagoniza uno de los más duros e intensos himnos antibélicos que se han compuesto jamás en el rock español. Esa barbaridad titulada «Ourense-Bosnia».

Si alguien tenía aún alguna duda de la trascendencia de Los Suaves, todas se acabaron con San Francisco Express. Los Suaves eran palabras mayores del rock español. Un grupo con tanto descaro como Extremoduro, capaces de mantener el espíritu del heavy metal en lo más alto durante más años que Barón Rojo y de alcanzar cotas líricas que José Carlos Molina (Ñu) hubiera firmado. Un grupo con letras y melodías tan urbanas y pegadizas como Leño,  Burning o Ramoncín que al mismo tiempo remitía al blues, permitía evocar al rock progresivo y a bandas del cariz de Grateful Dead y tenía su vertiente Dylan y folkie. En fin. Una maravilla. Orgullo eterno de la música española.

Terminando los 90, Los Suaves habían alcanzado el punto más alto de la colina. Así que, aunque comenzaron el nuevo siglo grabando un disco contundente y eficaz como Si yo fuera Dios, se iniciaría entonces un lógico, lento y progresivo descenso en su trayectoria. Si existía alguna faceta en la que de tanto en tanto daban una de arena era el directo. Básicamente por un Yosi que vivía al límite su papel de cronopio suicida y en ocasiones salía al escenario demasiado perjudicado por el  alcohol y otras substancias. Los fans no le dieron demasiada importancia a esos borrones porque la calidad de los discos que sacaban era deslumbrante y porque, a pesar de los desfarres, Yosi aún era lo suficientemente joven como para mantener el tipo. Pero con el tiempo, los lapsus y vacíos en el escenario del genio gallego comenzaron a hacerse más frecuentes, provocando fracturas en una banda que funcionaba como una máquina engrasada.

Fue posiblemente por allí que comenzó a quebrarse una banda que era la viva imagen del buen rollo. El exceso de trabajo, las tensiones contenidas, las palabras guardadas durante las típicas crisis comenzaron a afectar a los componentes hasta desembocar en unos pocos años de sequía creativa que se rompieron con El jardín de las delicias. Un disco que está considerado casi un proyecto personal del propio Yosi y, siendo bueno, no llega desde luego a la grandeza de las obras anteriores. Una majestuosidad que en gran medida recuperaron con Adios, Adios. Una obra cuyo título, acaso por casualidad, (pues según parece, Adios, Adios es saludo de bienvenida en Galicia) anunciaba el fin de uno de los proyectos creativos más saludables de la historia del rock español.

El resto fue un epílogo en forma de giras de reconocimiento y gratitud en las que más que la calidad del concierto, (hay un sinfín de crónicas que describen noches absolutamente desastrosas) importaba despedirse en persona, lo más cerca posible, de un grupo convertido en leyenda y mito desde hacía varios años.

Obviamente, Yosi (un genio al fin y al cabo) no podía dejar los escenarios de manera políticamente correcta ni formal. Su última vuelta al ruedo tenía que ser a lo grande. Como un tipo como él merece. Como es bien sabido, al final de un concierto en Santander, se cayó del escenario y se rompió la cabeza en dos partes. Si no murió, fue de milagro. En algún momento de los posteriores días en el hospital, tuvo que mirar de frente a los abismos. Pero terminó volviendo a la vida. No, eso sí, con la suficiente lucidez y estabilidad como para continuar con la banda.

No importa. Su nombre siempre estará unido al de la poesía y al del arte callejero. Tiene una placa esperándole en algún lugar del cielo junto a Ian Anderson, Álvaro Cunqueiro, Phil Lynott y unos cuantos vagabundos olvidados. Como también, claro, el resto de componentes de esta banda tan ácrata y familiar como épica. Puros guerreros de barrio. Shalam

الموت أفضل من العيش في انتظار الموت

Es mejor morir que vivir esperando la muerte

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen..anciano «galego» con equipacion de la seleccion croata..
    2imagen….matricula ourense (carro demasiado antiguo)……
    3imagen….promocion «suave»!!!, camisetas y sudaderas….
    4imagen…»a costa da morte»…el gran lebownski (cenizas a la mar)
    5imagen…el maquinista de la general-1926-keaton…..
    6imagen..todavia les queda «pelazo» y alegrias a estos «suaviños»
    7imagen…y el gat paso por el aro ardiendo….(y yo con estos pelos de bruja patti smith….jajaj…por favor, pelese y peinase…..
    PD..https://www.youtube.com/watch?v=oxdh8LGu030,,,el maquinista de la general…orquesta mondragon-2011….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Ernesto Sábato. El túnel. Juan Pablo Castel piensa en María. 2) Portada parecida a «Halfway to sanity». Ramones. «I wanna live». 3) Vamos a tomarnos una paella al chalet del Charly, tíos. 4) Portada típica de heavy ochentera. Recuerdo de paisaje montañoso de Chile. 5) Blues y trenes vienen a ser lo mismo. 6) A punto de transformarse en lobos. 7) Venid todos a mí. Profecía y rock. Los Nuevos evangelios contemporáneos. PD: La Orquesta. Debo escuchar bien sus dos primeros discos. Retomando la portada de «Maldita sea mi suerte», el temazo de Ramones. Una invitación a vivir. https://www.youtube.com/watch?v=T7b3q5EickU

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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