Ayer sábado vi a uno de los grupos que más admiro y respeto: The Cult. Lamentablemente no pude asistir horas antes al concierto de Michael Monroe. Tenía unas ganas tremendas pero a veces surgen imponderables que hay que atender. En fin. Otra vez será o tal vez nunca. No importa. Siempre llevaré a Monroe en mi corazón. No asistir a un concierto suyo no va a cambiar esa realidad. A veces las circunstancias se imponen y la vida vence a la música.
Por supuesto, no por mucho tiempo. Media hora antes de la hora fijada me encontraba listo y preparado para ver al fin a The Cult. Curiosamente, hace un año o dos planeé un viaje para verlos en Madrid. Una de esas escapadas de 24 horas en las que uno duerme en el autobús. En aquella ocasión tampoco pudo ser pero al fin ayer saldé esta deuda con la vida. Un amigo me comentaba que The Cult son los indios del hard rock. Lo suyo es íntimo, visceral y trascendente. Es por momentos tribal.

Las raíces aborígenes de Astbury se sienten de manera sutil (y a veces directa) a lo largo de todos sus discos. El concierto que dieron ayer en Cartagena tuvo mucho de chamánico y de ritual. No fue el típico concierto de rock. Sí tuvo sus momentos de brío pero fue más un conjuro que el típico espectáculo en vivo. Por eso mucha gente no terminó de conectar con el grupo británico. Por eso y porque The Cult son siempre esquivos y diferentes. Tan sólo son fieles a ellos mismos.
Había leído crónicas del último concierto que dieron en Barcelona que hablaban de cierta decepción (dicho esto entre comillas enormes) porque habían optado por tocar sus temas clásicos y muy pocos de su excelente último disco. Eso me hacía pensar que en Rock Imperium tirarían de singles sin recatos. Era seguramente lo más apropiado. Pero, como he dicho, The Cult son únicos. Son inaccesibles a los lugares comunes. Así que en Cartagena iniciaron su concierto con unos cuantos temas apenas conocidos por la mayoría como es el caso de «Rise» o «In the clouds». Con eso consiguieron crear su propio espacio. Su propio lugar. Dejaron claro que no son una banda cualquiera y empezaron a marcar territorio.

El concierto de The Cult fue, sobre todo, un ritual, un embrujo. Hubo gente que se quejó de que no hubiera un guitarrista rítmico acompañando a Duffy. Algo que puedo comprender. De este modo, el sonido hubiera sido más envolvente. Duffy habría podido hacer más diabluras. Pero es que The Cult tienen algo sepulcral. Son severos y rígidos. Poseen la consistencia de la roca. Les bastó dejarse ir un poco y tocar un par de temas de Electric y el mítico «Rain» de Love para convertir su concierto en una llamarada de fuego. Algo diferente. Uno dudaba en si alzar los brazos o quedarse callado como si estuviera leyendo un intenso poema místico. El look de Astbury, por otro lado, era fascinante. Y sus movimientos también. Parecía que estaba librando una batalla con una serpiente gigantesca y se tomaba su tiempo para vocalizar como si fuera un guerrero. Terminó su combate rezando, arrodillado invocando a dioses y a espíritus que sólo veía él pero todos sentíamos en los horizontes. Probablemente sus plegarias dieron resultado porque, aunque parezca mentira, dos o tres horas después chispeó un poco y bajó la temperatura. Producto, supongo, de esta conversación de Atsbury con el cosmos.

En realidad, el concierto fue potente. Fue bueno. A lo largo de su trayectoria, The Cult se han caracterizado por ser irregulares en directo. Su discografía es una montaña, un rezo. Piel de bisonte. Una locura contundente sin prácticamente fallas. Su discografía es un impresionante collar con dientes. Sin embargo, de sus directos he oído de todo. Desde grandes decepciones hasta momentos de inspiración únicos. Muchos claroscuros. Los fans de la banda británica saben que si tienen el día pueden rozar el cielo pero también besar el suelo. Creo que el de ayer fue un más que digno recital. Si se hubiera celebrado en un club yo creo que habría levitado. En el contexto de un festival fue muy disfrutable pero no me terminó de hacer volar. ¿Qué más da? Ver a tipos con esa edad convirtiendo el rock en una cacería mística es más que suficiente. Un regalo.
The Cult es una banda que conecta de manera visceral con su público pero que al mismo tiempo mantiene una distancia. En eso se nota su pasado gótico. The Cult tocaron ayer para nosotros pero también lo hicieron para los muertos y heridos en las batallas y los cadáveres de los cementerios. Esa fue tal vez la grandeza del concierto de ayer. La capacidad de la banda británica de convertir el escenario en un tablado épico y espiritual. Shalam
إن أنشطة الراحة الترفيهية هي آباء الفلسفة
Los ocios del descanso son los padres de la filosofía




1imagen….por lo visto en el festival de viña de mar 2025 chile youtube en mi puesta en escena hago lo esencial(46:45)..el colo colo saco la lengua…vamos como lobos y salen jaguares…oleee
olee, glamour…quinta avenida…….
2imagen…poderoso cantante con sello abusibo en gorgorito final.
3imagen….hay mucho oriente en este roseton….tambien en el collar mala……..
4imagen…por los clavos de cristo….sepulcro….
PD….detroitttttttttt, i loveeeed youuuuuu…iggy&the stooges…..
1970….down on the street……
https://www.youtube.com/watch?v=F8smlP-SPpU&list=RDF8smlP-SPpU&start_radio=1
1) La polémica en viña del mar. Una de tantas en la historia de The cult. No es tanto por su estado actual sino por su idiosincrasia. Aplausos propios de ritual. Llamada a la tribu. Muy divertidos los presentadores y la banda. Choque de trenes mass mediatico. Viva el surrealismo. 2) Enorme collar con diente de bufalo a tono con pandereta para convertir escenario en lluvia. 3) Flor budista de Renacimiento dispuesta para el amor del mundo negro. 4) Crucificado y enamorado llamando a la lucha. PD: estupenda locura y destrucción. Stooges convirtieron el odio y la basura en ritmo.