Un torneo previsible
El Open de Australia terminó hace varios días. Si he de ser sincero, casi no he visto partidos. Pero sí lo he seguido a lo lejos. De tanto en tanto...
Cruyff era, ante todo, un hombre seguro. Había que estarlo para llevar hasta sus últimas consecuencias planteamientos ofensivos que ni los propios jugadores a los que entrenaba conseguían descifrar o, por ejemplo, para apostar por futbolistas con técnica de fútbol sala como Aloisio, confiar ciegamente en La Masía, plantar cara a la más rancia burguesía catalana a base de lucidez, descaro y osadía, bautizar a su hijo con el nombre de Jordi en honor a la región espiritual que lo acogió e hizo suyo -Cataluña- o sin ir más lejos, para atreverse a jugar al final de su carrera con el Feyenoord y conquistar una liga holandesa y una Copa del Rey como revancha por el mal trato que consideraba le había dado el otro club de sus amores: el Ajax. Ese Ajax que profesionalizó y convirtió en la mayor atracción del mundo del balón. Una auténtica máquina futbolística. Una locomotora deslumbrante que se encuentra en el germen de equipos míticos posteriores como el Milan de Arrigo Sacchi y por supuesto que el Barcelona de Guardiola. Un entramado técnico que controlaba los espacios libres de todo el campo y conseguía que los defensas pensasen como delanteros y viceversa y que hasta el portero se considerara un mediocampista capaz de organizar el juego.
Cuando uno contempla imágenes del Cruyff jugador percibe la elegancia. Siente que se encuentra ante alguien que ha conseguido hacer evolucionar el deporte varias décadas con su mera presencia o frente a un practicante de esgrima que manejaba el balón como un florete. Un estudiante aventajado al que el destino ayudó. Creció a medio kilómetro del campo del Ajax donde su madre trabajaba como limpiadora y se aferró a ese césped con obstinación puesto que procedía de una familia pobre. Su padre falleció de un ataque al corazón y eso le obligó a medir cada moneda que gastaba. Más aún, teniendo en cuenta que su figura emergió de las ruinas de esa Europa absolutamente desvastada y traumatizada tras la Segunda Guerra Mundial.
El espíritu libre de los 60, la disciplina táctica y el fútbol total de Rinus Michels, el embrujo neerlandés y la carestía de su familia. Entiendo que todas estas circunstancias convirtieron a Cruyff en un sesudo analista con alma de artista. Un hombre que parecía haber sido criado en una comuna deportiva o en la corte de Rodolfo II. Entre magos y tarotistas que le mostraban cómo trascender y volar con la pelota en los pies.
Cruyff en los 70 era el fútbol y probablemente también en los 80 y 90. Contempla uno imágenes suyas y siente que se encuentra en un film de Kubrick. Frente a algo trascendente muy difícil de clasificar, casi misterioso y sagrado.
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