La nueva rivalidad
Supongo que, a estas alturas, la mayoría de aficionados al tenis tienen muy claro que tanto Carlos Alcaraz como Janick Sinner están llamados a...
Drazen jugó en la NBA y en el Real Madrid, pero su figura cobró grandeza bajo la sombra de su país, Yugoslavia. Con la Cibona conquistó dos Copas de Europa legendarias. De esas que dejan huella e impacto en el deporte durante varias décadas.
La segunda Copa de Europa que Drazen conquistó con la Cibona también fue muy trascendente. Su rival, el Zalguiris, estaba formado por titulares de la selección rusa y se encontraba comandado por un ágil y bravío pivot, Sabonis, llamado a ser leyenda del baloncesto. Todavía no había sufrido su lesión en el talón de Aquiles y se encontraba en total plenitud. Equilibrado de peso y ágil, era casi un bastión insuperable.
La década de los 90 no empezó bien para Drazen. Para alguien que debutó como profesional a los 15 años, estaba acostumbrado a ser el centro de atención y a que los partidos se jugaran al ritmo que él marcaba, es de suponer lo traumático que fue su primer año en la NBA. En Portland no había espacio para él y apenas disfrutó de minutos. En aquel tiempo, las diferencias de preparación entre los baloncestitas de Europa y Norteamérica eran grandes. Y además, por entonces, comenzó también la guerra de Yugoslavia, abriendo innumerables heridas en su vida que lo hicieron alejarse de muchos de sus antiguos compañeros. Pero su espíritu infatigable, su absoluta aversión a la derrota lo hicieron enderezar pronto el rumbo. Y después de conquistar una mítica medalla de plata capitaneando a Croacia en las Olimpiadas de 1992 frente al Dream Team, tras fichar por los New Jersey Nets, pronto comenzó a tomar protagonismo y ser un jugador importante en el campeonato norteamericano.
Un hombre que, de haberse dedicado a la literatura, hubiera creado hermosas metáforas y libros año tras año y probablemente se hubiera convertido al momento en un clásico porque gozaba de un carácter osado y siempre guardó un amor profundo a su profesión. Era elegante y efectivo. Aunaba temperamento artístico y práctico y controlaba los partidos con tanta soltura como los más grandes escritores manejan a sus personajes. Dejándolos vivir y respirar, fluir libremente, sin soltar en ningún momento la soga con que los atan. Era, en definitiva, el Beckenbauer del baloncesto europeo. Los partidos se jugaban como él quería y se resolvían, cuando él lo decidía. Shalam
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