Otro aspecto de la cultura actual que queda meridianamente claro cuando se está en Berlín es la radical necesidad de la eclosión del arte posmoderno en las sociedades europeas.
Como ya resalté en otro avería, debido a la destrucción de la gran mayoría de sus monumentos y casco histórico, además del trauma nazi, Berlín es una ciudad obligada a mirar al futuro. Es una ciudad cuyo rico y fascinante pasado se tuvo que dejar de lado para volcarse hacia el porvenir.
En eso, por otro camino, los alemanes eran parecidos a los norteamericanos. Estos últimos eran un pueblo de emigrantes, sin casi historia, que, a su vez, no tenían más remedio que mirar hacia el futuro y el porvenir para construir un relato épico que diera sentido a sus vidas.

Durante mi viaje, percibí con claridad cómo la mayoría de célebres temas pop y techno de los 80 y 90 sonaban de manera distinta en Berlín. A nosotros nos parecen símbolos hedonistas de consumo. Tienen calidad, pero también una comercialidad evidente que convierte a muchos de ellos en «placeres culpables». No fue esa, repito, mi manera de percibirlos en Berlín. Allí, precisamente, debido al horror de todos consabido, la superficial alegría que transmiten la mayoría de esos temas era casi un salvoconducto ético. Una perla necesaria para caminar por escarpadas colinas con cierto optimismo, sin derrumbarse.
Berlín fue, durante el siglo XX, una ciudad marcada por la megalomanía, la tortura, la guerra, la barbarie, la pobreza y la disgregación. Los supervivientes de la Segunda Guerra tuvieron que reconstruir la ciudad no solo arquitectónicamente sino moralmente. Tuvieron que aprender a convivir en silencio con un enorme trauma, con la vergüenza de la herida nazi, sin monumentos que los anclasen en la proverbial historia. Era además una ciudad separada por un Muro, cuya presencia opresiva, muda, oclusiva, no permitía que el futuro arrancara definitivamente.

Mientras visitaba la Nueva Galería Nacional (un edificio diseñado por Mies van der Rohe), percibí con claridad que el posmodernismo en Berlín no fue un mero gesto intelectual o una moda importada (como sí nos parece en muchas ocasiones en España o los países de América del Sur), sino una verdadera tabla de salvación colectiva.
En Berlín, donde el suelo sepulta ruinas inmemoriales destrozadas, una manera efectiva de no sucumbir al peso de la memoria y al enorme vacío histórico consistió en convertir la vida en un laboratorio incesante. Transformar la verdad en relativismo y cada pieza artística en fragmento—de arquitectura, de sonido, de identidad—propicio a disolverse o recomponerse a voluntad.
Por ejemplo, Dieter Roth (artista islandés-alemán que trabajó en Berlín en los 70 y 80) utilizaba materiales orgánicos (basura, chocolate) para poner el foco en lo efímero, convirtiendo el desgaste y la ruina en el centro de la obra. Asimismo, Rebecca Horn (instaladora y performer alemana) trabajaba con prótesis, objetos móviles y arquitecturas simbióticas, siempre en fuga, huyendo de toda solidez.

Frente a ciudades como Roma, en las que las diatribas del presente son precisamente relativizadas (casi convertidas en banales) por el peso de monumentos y plazas llenas de pasado, Berlín (como Norteamérica) eligió el collage permanente, la mutación ininterrumpida y, a la vez, la celebración descarada de lo nuevo y de lo frágil. Pero esto quiero dejarlo claro: la elección no fue caprichosa, sino que respondió a una necesidad existencial total y absoluta.
El posmodernismo (y también el pop y el techno) fueron medios artísticos a través de los que Berlín metabolizó sus tremendos traumas, convirtiendo cada ritmo, cada teclado meloso, cada pintada descompuesta y sin estructura, en un ramalazo de rebelde esperanza contra esas avasalladoras normas y armas que destruyeron la ciudad casi al completo.

Las monumentales casas derruidas a causa de la fe en las Grandes ideas clásicas y modernas obligaron a los arquitectos, artistas y ciudadanos a reinventarse. Por eso, comenzaron a generalizarse y a difundirse ideas líquidas al tiempo que se iban levantando hogares y lugares ligeros, cambiantes, portátiles: pequeños refugios contra el sinsentido y la tentación de la parálisis. Centros culturales, festivales y obras de arte preparados para mutar, sin excesivo ánimo por perdurar.
En fin, si en muchos lugares de Europa el pop y el posmodernismo pasan por frivolidades, canales de olvido, en Berlín son más bien mecanismos íntimos y sociales de resistencia y reinvención. Por eso, si en otros lugares el baile es solo ocio o provocación, en Berlín es liturgia de resurrección. Es por esos motivos por lo que la cultura de clubs posee tanta personalidad allí y, a pesar del avance inmisericorde del nuevo fascismo (la globalización), todavía es posible encontrar espacios, clubs donde se respira vida y un sano espíritu libertario. También esto ayuda a explicar por qué la cultura queer y trans ha encontrado un refugio en sus calles. Manifestación del rechazo a toda identidad estable y de la necesidad vertiginosa de mutar para no caer en los horrores del pasado.

Obviamente, hay más razones que explican que Berlín se haya convertido en un paraíso de la escena trans/queer. Hay una línea clarísima y emocionalmente muy cargada que conecta el subversivo ambiente travesti del Berlín de entreguerras (Weimar) con el actual de la ciudad. Un hilo que no es solo estético, sino también social, existencial y, en cierto modo, reparador.

Ya durante la República de Weimar, Berlín era sinónimo de exceso, fluidez identitaria, subcultura y exploración de los márgenes sexuales y de género. Cabarets como el Eldorado o el Mikado, y artistas como Claire Waldoff, Magnus Hirschfeld (y su famoso Institut für Sexualwissenschaft), así como la iconografía y relatos recogidos en novelas fetiche como Berlin Alexanderplatz de Döblin, crearon una ciudad donde el travestismo, la androginia y la performance identitaria no solo eran aceptados sino celebrados en jocosas fiestas nocturnas como experimentos vitales.
El expresionismo alemán, de hecho, se nutrió en parte de toda esta ambigüedad, como manifiestan los rostros finos y delgados, bien afeitados, que aparecen en tantos cuadros: aquellos que podrían lo mismo pertenecer a ángeles caídos que a personajes de difusa sexualidad.

Lo travesti en el Berlín de entreguerras era política y resistencia. Era una manera de sabotear, con alegría y escándalo, los rígidos papeles de género y las convenciones sexuales de la burguesía alemana. El “travestido” no era solo un homosexual disfrazado. Lo travesti era una posibilidad de vida, de ambigüedad radical deseada, de transformación ilimitada del yo según el anhelo, la noche o el teatro de la existencia.

Cuando llegó el nazismo, esta cultura fue exterminada—literal y simbólicamente. El Instituto de Hirschfeld destruido, las obras quemadas, los cabarets cerrados, las personas trans y queer perseguidas y muchas exterminadas o recluidas en campos específicos para “degenerados”. La herida fue brutal. Y es normal que, tras la caída del Muro, la ciudad quisiera recuperar el pulso queer que tan bien sintoniza con el posmodernismo y la huida de toda identidad histórica pesada.
A decir verdad, el hedonismo queer actual, envuelto de techno, open sex y arte contemporáneo, es el eco (más tecnológico y global) del nihilismo gozoso, tragicómico, que animaba la vida de los cabarets en entreguerras. Otro tema es que haya sido utilizado por el globalismo para dividir aún más la sociedad fomentando el individualismo, convirtiendo el cuerpo y el espíritu en objeto de consumo mercantil.

En cualquier caso, es por los motivos antes citados por lo que no creo estar pecando de idealismo (yo mismo estuve alojado durante mi estancia allí en una casa con dos trans) cuando afirmo que, en Berlín, este travestismo, (como el posmodernismo), responde a una necesidad vital, existencial absoluta. No es tanto postura lúdica superficial como profunda reinvención humana que conecta a los ciudadanos de hoy en día con Platón y un futuro que en Berlín siempre está por escribir. Siempre está en movimiento y por hacer, porque si hay algo que odian los berlineses es la estabilidad y el orden.
Sí, por supuesto, hay una estabilidad y un orden en Berlín, pero es mucho más cambiante y vertiginoso que el de las ciudades de su entorno. Detenerse allí significa, en cierto modo, volver a conectar con un TRAUMA apabullante y estabilizarse, correr el riesgo de creer en absolutos y generar nuevos cataclismos. Shalam
ما يُخصص للشعائر الدينية للعبادة العامة، فإن التمارين الروحية مخصصة للعبادة الفردية.
Lo que el rito es para el culto público, los ejercicios espirituales son para la devoción particular.




1imagen…diamond dogs-1974…correa-collar de perla y oro(como los toreros)……
2imagen…ap art en el balcon griego perjudicado (logica idea)…
3imagen…solo en los escombros hay inspiracion (mantenerse en pie)….
4imagen…espanta nieves, espantapajaros y freddy krueger (gacheto a ras de suelo)….
5imagen…edificios fred&ginger….los alemanes haciendo cualquier cosa para vivir…( significado)…..
6imagen…integracion….
7imagen…los pelos y los ojos de bowie (epoca s)….
8imagen….helmut berger…1969..la caida de los dioses….
9imagen…bebiendo vodka (terciopelo) y el africano lumumba (alimento)….escultura amadeo modigliani (ojos)….
10imagen…village people…(el planeador)
PD…la consabida muerte colectiva….escuela de calor….
https://www.youtube.com/watch?v=wXh5JprKqiU&list=RDwXh5JprKqiU&start_radio=1
PD2…en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol(fellini)…jajajj
https://www.youtube.com/watch?v=hYg-SUj2uWk&list=RDhYg-SUj2uWk&start_radio=1
1) Modigliani (que citas tú también) a la alemana. Visconti a lo bruto. Bestial Fassbinder. 2) Suena de fondo en la casa uno de esos discos de Brian Eno que no le importan a nadie. De los últimos. 3) Parece una escultura de Giacometti. Podría ser un elefante asiático. 4) Todo muy Bauhaus y Pet Shop Boys. Pet Shop boys mamando del arte alemán.jjaja. Obras sobre la desorientación. 5) Collage dadá… realizado por Picasso durante un sueño provocado por una indigestión de caviar..jjaja 6) Podrían pasar por superhéroes de Watchmen. Versión blanco y negro de la serie de televisión. 7) Un psicólogo haría un maravilloso informe analizando esos ojos. ¿Qué nos dicen? Me río de mi desgracia..jajaj 8) Kurt Weill al habla. 9) Soy el tipo al que tiran de un helicóptero en «Scarface». En otra vida, claro. jajajja 10) El «house» de Brandenburgo. Pachanga de qualité. PD: 1) el otro día estuve jugando al ping pong con un amigo mientras escuchábamos Wagner. Experiencia superior. 2) Ya empiezan a desnudar sus cuerpos al sol. Invasión. Alaska. Vacaciones infernales.