Tengo la impresión de que una de las lecciones más importantes que nos ha dejado el último Mundial de fútbol no tiene tanto que ver con los estilos de juego, los goles o tal o cual estrategia técnica, como con algo mucho más de fondo.
España, sí, por supuesto, fue justo ganador. Pero su victoria, en este caso, no se produjo únicamente —y fundamentalmente— por haber adoptado un estilo y una forma de juego en todas las categorías, capaz de defenderse con el balón y de hacer fácil lo difícil.
Intentaré explicarme: claro que, sin ese patrón de juego perfectamente memorizado, España no habría poseído la flema y la destreza técnica que le permitieron solventar los lances más complicados con cierta displicencia y casi de modo rutinario, como quien está participando en un entrenamiento de alta dificultad más que en un partido en la cumbre emocional. Pero no es esa la cuestión a la que deseo hacer alusión.

No daré más vueltas. Si España logró ese triunfo, como tantos otros recientes, fue gracias a sus tremendos y repetidos fracasos de décadas atrás. Pero, más concretamente, por no haberlos tapado. Por haberlos reconocido.
Seré sincero. Si algo me pareció sumamente triste de Argentina cuando el árbitro sentenció que la final había concluido y el conjunto de De la Fuente era campeón, no fueron las patadas de Paredes, los gestos burdos de Ayala, las continuas refriegas de Otamendi o el inmoral despecho al dar la espalda a los campeones cuando éstos recogían el trofeo, No, nada de eso movió una sola ceja de mi rostro ni me provocó sentimiento alguno. En gran medida, intuía que se iba a producir. Y, ¿para qué nos vamos a engañar? Aunque obviamente el comportamiento no fue ejemplar, lo considero mucho más natural y normal de lo que se dice por ahí.
Yo, de hecho, soy de los que se posiciona con Gavi, el excelente y aguerrido centrocampista hispano, quien, tras ser golpeado con el tiempo ya cumplido, no mostró un ápice de rencor y exculpó a sus rivales. Si el fútbol atrapa no es solo por los testarazos de Santillana, los regates de Garrincha o los amagos de Zidane, sino por lo imprevisible y salvaje, por lo furioso, por lo que tiene de barrial. Y, en este sentido, si bien el comportamiento de Argentina no fue decoroso, sí que reflejó ese espíritu que quienes crecimos jugando en la arena o en campos de tierra con dos piedras como porterías no hemos olvidado nunca.

Lo que sí me pareció ridículo (no tanto por mí, sino por lo que revela de esas personas y su sociedad) fueron las excusas que sus aficionados pusieron para justificar la derrota. Una derrota clara e inapelable. Todo un elaborado y absurdo entramado de presiones políticas y judiciales que hubiera quedado mucho mejor en las páginas de revistas como Enigmas o Más allá de la ciencia que en canales de YouTube y ciertos periódicos y programas televisivos. Había quienes sostenían, por ejemplo, que la FIFA obligó a Messi y a sus muchachos a perder el partido bajo la amenaza de una suspensión internacional de varios años por haber exhibido una bandera de las Islas Malvinas durante la semifinal contra Inglaterra. Algunos apuntaban a un pacto geopolítico entre la UEFA y la FIFA para garantizar una coronación europea, e incluso había quienes estaban convencidos de presiones del FBI hacia el presidente de la AFA, Claudio Tapia, debido a causas legales pendientes.
A decir verdad, al principio tan solo achaqué al bien conocido carácter argentino su escasa aceptación de la derrota. Pero últimamente he cambiado mi punto de vista. Llevo más de un mes en Marruecos. Al llegar fue difícil no conversar sobre fútbol con muchos compañeros de aquí. Lo que me sorprendió fue su mutismo y sus miradas raras cuando mencionaba que quizá Marruecos no había planteado de forma adecuada su partido de cuartos contra Francia, aquel en el que fue eliminado.
No tardé en comprender que en Marruecos tampoco se aceptaba esa derrota. Dos muchachos estuvieron comentándome durante casi media hora, con una convicción absoluta (pero absoluta), que Marruecos perdió aquel partido por una trama política. Según ellos, el rey Mohamed había pactado con el presidente de Francia la liberación de decenas de emigrantes marroquíes retenidos a la fuerza en prisiones francesas a cambio de entregar el partido. Motivo por el que los marroquíes se vieron tan impotentes y dejaron toda la iniciativa al equipo galo durante el encuentro. El desenlace estaba escrito desde varios días atrás.

En ese momento, mi cerebro dijo basta y, desde entonces, salvo en un par de programas de YouTube —que se emitirán en el futuro—, me he negado completamente a hablar de fútbol con nadie. ¿Para qué, si todas las derrotas y triunfos (también, por ejemplo, los de Argentina hasta la final) se justifican y explican en clave política? ¿Hasta eso hemos llegado? ¿Tan poco nos gusta y tan poco respeto tenemos ya al fútbol?
Yo me crié viendo perder a la selección española. Su papel en el Mundial 82 no es que fuera indecoroso: es que fue triste, casi traumático. Sé que los árbitros nos ayudaron y que, aun así, nos estrellamos con el muro de nuestra impotencia. También sé que llegamos a la final de la Eurocopa del 84 más por impulso, suerte y casi lotería que porque desplegáramos un juego avasallador. Guardo entre mis noches más tristes de la infancia la derrota contra Bélgica en penales del Mundial de México. Un partido que sí merecimos ganar pero en el que perdimos como siempre. A decir verdad, me acostumbré a ver caer a la selección española en momentos clave. A veces con más justicia, o a veces con menos. Contra Corea en el Mundial 2002 y contra Inglaterra en la Euro 96 merecimos pasar de ronda, pero no así en la mayoría de los torneos internacionales.
Con los años entendí que, teniendo en cuenta el dinero invertido y la pasión del pueblo, España era probablemente, por palmarés (por aquello que se le exigía y lo que daba), la peor selección de fútbol de la historia. Intenté profundizar en la raíz del trauma, de tantos fracasos. Pero nunca maquillé las derrotas. Eso fue lo que hicimos bien los españoles. Nunca le echamos la culpa a Aznar, Boyer, Lola Flores, Villar o Zapatero de nuestras derrotas. Nunca. De hecho, terminamos por asumir que la Furia era, en el fondo, una forma de impotencia, un adjetivo que remitía a la barbarie, a un lejano gol de Zarra, a una violenta arrancada de Juanito por la banda, y que en el fondo carecíamos de personalidad que viene a ser lo mismo que decir que no poseíamos un estilo de juego claro y definido.

Italia jugaba al catenaccio. Igual que Uruguay. Holanda, el fútbol total. Alemania, fútbol control. Brasil, jogo bonito. ¿Pero España? ¿Qué era eso de la Furia? ¿Qué coño era? En el fondo, era un grito de impotencia. Una manera de decir que no sabíamos a qué jugábamos. Y cuando lo comprendimos, cuando nos reímos de nosotros mismos y aceptamos que nunca pasaríamos de cuartos si continuábamos refugiándonos en la pulsión instintiva de la furia, fue cuando comenzamos a cambiar. La llegada de Cruyff a los banquillos fue una explosión. Lo modificó todo. También la quinta de Buitre. Pero ese equipo si bien marcó época no creó un estilo. Prueba es que años después el Madrid fichó a Capello y a Mourinho sin inmutarse. Ganar sí o sí.
De lo que no cabe duda es de que esas cuatro ligas del F.C. Barcelona demostraron que se podía ganar con el balón. No fueron triunfos normales. Porque lo que se celebró allí no fue una victoria (que también) sino, sobre todo, el triunfo de una idea, de una concepción. Un método que era tanto inspiración como laboratorio. Aquellas ligas convencieron a los técnicos más avanzados de España que se podía ganar con un modelo distinto al que se estaba ejecutando. Y, poco a poco, se produjo una modernización en todos los estamentos, se unificó un estilo que los jugadores españoles comenzaron a memorizar y solo se necesitó la mano de un genio, un hombre valiente, Luis Aragonés, para dar el capotazo final.

En cualquier caso, no nos engañemos: más allá de Cruyff, más allá del dinero invertido, de los ajustes realizados en las categorías inferiores de la selección, más allá del temple y desenfado torero de Aragonés y la flema de Del Bosque, si hemos ganado lo que hemos ganado en las últimos años fue porque fuimos capaces de mirar frente a frente la derrota. Digerirla bien hasta el punto de reírnos de ella. Algo absolutamente fundamental. Porque aceptar que se ha perdido no significa conformarse con la derrota. Significa aprender lo que uno ha hecho mal y empezar a poner los medios para que eso no se repita. Significa comenzar a ganar o al menos estar más cerca de hacerlo la próxima vez. Shalam
من يملك «لماذا» يعيش من أجلها، يستطيع مواجهة كل «الكيفيات».
Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los «cómos».




1imagen…un mayor con un jubilado actual (messi)…no se puede jugar con 10 un juego colectivo de 11…
2imagen…cuando el lawfare deportivo iba de negro….la furia franquista…jajaj
3imagen,,,argentina horror de milei….
4imagen…el blanco no es tan bueno como dice la publicidad florentineza…
5imagen…nobleza baturra, nobleza ciezana….jajaj
6imagen…la copa del zapatones subido a hombros como los toreros…
PD: explicito, quizas como siempre en el world cup usa-canada-mexico…..
https://www.youtube.com/watch?v=xCiLQ90w9TM&list=RDxCiLQ90w9TM&start_radio=1
1) El mejor medio centro del mundo contra el mejor jugador de la historia. Presente VS el último baile. Messi Clint Eatswood. Épico. 2) El horror, el horror. España en el Mundial 82. Coronel SantaMaría.·3) Rugby. Placajes. Boxeo. Se comenta solo..jaja 4) ¿Esta vez le hacen penalty de verdad o se tira? jajajaj 5) El karateka de Murcia. Bocadillos de salchichón. 6) Inolvidable. Amaba sus enfados. El enfado del que vive todo al filo y tiene un corazón auténtico. Lejos de los burócratas e hipócritas. PD: Madonna me recuerda a una novia que tuve. Pero Madonna al menos tenía talento para el baile y para escoger a sus productores. jajajaj.. chicas materiales.. el zoco de las relaciones actuales..