La maligna esquizofrenia
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado a un disco que hubiera gustado al mismísimo Friedrich Nietzsche. Una salvajada esquizofrénica cuyo...
Daydream nation era una exploración sonora osada y valiente. Autismo pop. Una obra anti-Michael Jackson y anti-discoteca y también anti-Robert Palmer y anti-Bruce Springteen. Casi anti-todo. Una estruendosa píldora de nihilismo juvenil. Un aullido contra el consumismo de la era Reegan que se ha mantenido joven con el paso del tiempo. De hecho, parece mucho más reciente que las últimas grabaciones de Sonic Youth porque, aunque fue fruto de un constante trabajo de búsqueda, brotó de manera natural e inconsciente.
Con Daydream nation, el ruido comenzó a llegar a la mayoría de edad. A superar la adolescencia. Antes de su aparición, muchos músicos habían utilizado el ruido para epatar, atacar a la sociedad adulta o mostrar su rebeldía. Pero en muy pocas ocasiones, lo habían convertido en el componente expresivo esencial. Algo que en Daydream nation sí ocurre. No en vano se lo considera uno de los discos iniciáticos del noise. Un huracán del que crecieron innumerables epígonos de la era indie. Algo que, en su momento, parecía imposible porque Daydream sonaba a suicidio artístico. Era un disco tan destructivo que parecía destinado a pasar desapercibido. Agotarse en el submundo universitario y de las vanguardias artísticas. Y sin embargo, contra todo pronóstico, se convirtió en una obra de culto bastante popular. Una obra que retrataba a la generación crecida viendo Viernes 13 y leyendo algún que otro libro de Burroughs que no encontraba referentes artísticos a los que seguir. Estaba cansada de ídolos y necesitaba música que transmitiera su malestar. Shalam
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