Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En el momento en el que el ser humano conquistó los límites y fronteras de la Tierra, echó su mirada a los cielos. Siendo una de las principales potencias económicas del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica se vieron obligados a responsabilizarse de la carrera espacial y convertirse en el primer país en poner un pie en la luna y otros planetas de la galaxia. Mientras no se colonizaban esos otros mundos, la población tuvo que calmar su ansia aventurera por medio de drogas como el LSD que prometían un viaje interior. Sin embargo, esta ansiedad no se calmó cuando el Apolo 11 llegó a la luna puesto que era un satélite no habitable en el que no se podía respirar sin escafandra y parecía imposible que la vida pudiera desarrollarse con normalidad y menos todavía que una colonia humana se estableciera allí.
De hecho, existen pocas bromas más hilarantes sobre los sueños de grandeza de la nación norteamericana que este film que, en parte, inauguró una corriente humorística que derivaría en programas cómicos tan excelsos como Saturday night live. Sí. Ya sé que probablemente le estoy dando más importancia a Dark Star de la que tiene. Es necesario aclarar que no es ni una obra redonda (nada más lejos de la realidad) ni un epígono pero sí un espejo artístico que irradia y refleja diversas corrientes que con más o menos fortuna se estaban desarrollando a principios de la década de los 70. Y desde luego que tiene su importancia dentro del género de la ciencia ficción que Kubrick había llevado a su últimos confines en 2001: una odisea del espacio. Una obra que, a la vista de los acontecimientos a los que acabamos de aludir, se puede entender mejor pues en cierta medida no sólo habla de la conquista de mundos sino, sobre todo, de la conciencia. Era un film a través del que Kubrick, de manera sumamente inteligente, aludía al obligado desarrollo de las capacidades creativas y divinas del ser humano -más que a su desarrollo técnico- como manera de colonizar ese futuro que se veía amenazado por su temperamento autodestructivo.
Obviamente, Carpenter tampoco respetó a Kubrick y nos legó una serie de escenas a través de las que ironizó con la seriedad de su propuesta, homenajeando de paso las decenas de cómics y películas de serie B que había devorado durante su infancia y adolescencia. Tuvo que ser, ciertamente, muy divertido participar en el rodaje de esta película. La gran mayoría de los tópicos de los films de la ciencia ficción quedan ridiculizados y en entredicho, en secuencias que parecen haber sido rodadas con un cubata de Martini en la mano, un porro de marihuana en la otra y varios canapés y lonchas de cocaína en una mesa esperando que los actores las degustaran. Tanto la soledad del espacio como los comportamientos de los astronautas fueron abordados corrosivamente. Y gran parte de las características de la joven cultura norteamericana fueron cuestionadas. Capenter parecía preguntarse: ¿Qué van a hacer los ciudadanos de nuestro país si conquistan el espacio sino practicar surf entre las estrellas, continuar gastando chistes malos y soñar con besar a rubias platino?
Es inevitable aludir, por otra parte, al hablar de Dark Star, a la mascota alienígena con forma de balón de playa y garras con la que se establece una persecución hilarante y no exenta de tensión a lo largo del film. Más que nada porque me parece que esa pelota hinchable le sirvió a Carpenter para mostrar sardónicamente cómo la ilusión por llegar al espacio se había pinchado con la misma facilidad que una pelota de plástico. Y de paso, a través de los repetidos esfuerzos de los astronautas por conseguir acabar con ella durante la película, aludir también a la gran dificultad existente para borrar este sueño de grandeza de la conciencia del americano medio.
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