El príncipe
Basta contemplar atentamente durante varios minutos el lienzo que Santi di Tito le dedicara, para tomar conciencia de que Maquiavelo era un hombre...
Decía Slavoj Zizek, por ejemplo, que en el futuro podía llegar a producirse una situación como la siguiente: una guerra en Internet en la que distintas naciones atacasen la bases de datos de las otras y se llevaran a cabo decenas de robos de dinero y estallidos de bombas virtuales que acabaran con refinados y complejos sistemas. Y que no obstante, al apartarnos confusos y ansiosos del ordenador, nos diéramos cuenta de que la realidad (la verdadera) continuara ajena a todas estas tensiones, puesto que, al fin y al cabo, la caótica y temible batalla era virtual. Y por tanto, poco afectaba a la naturaleza que proseguía su curso, ajena a nuestras preocupaciones, dado que este temible conflicto no la ponía en peligro, al desarrollarse en otro lugar. En el ciberespacio.
Afirmo esto, pensando en un posible debate que se podría establecer. No porque me encuentre más o menos de acuerdo con lo sostenido. Simplemente, porque quiero llamar la atención sobre el hecho de que sin internet, seguramente Occidente estaría actualmente en llamas aunque, paradójicamente, es precisamente el medio a través del cual, lentamente, podría propagarse y extenderse la rebelión o cambio de conciencia que pudiera dinamitar este sistema. Es una constante, por ejemplo, afirmar que la red puede acabar con los libros físicos. Y, en parte, estoy de acuerdo. Pero no lo estoy con que por sí mismo, vaya a finalizar con la escritura, que continuará sea como sea. De hecho, Internet podría llegar a convertirse en un instrumento esencial para terminar con la tala indiscriminada de árboles. Pudiendo además de ayudar a la construcción de nuevas sociedades verdes, consolidar la futura vuelta al campo (pues ahora sí estaremos conectados desde cualquier aldea con el mundo y podremos acceder a los mismos contenidos culturales que quienes habitan en la ciudad) precipitando, por tanto, la llegada de una nueva sociedad plural y múltiple, consciente espiritual y políticamente.
Un objetivo, por cierto, contra el que lucha y se rebela constantemente la sociedad de consumo. Este mundo moderno que ha encontrado en Internet el medio necesario para (aparentemente) esquivar la vida y simular que no existe la muerte. Que es el motivo, en el fondo, por el que todos los personajes de Existen Z se reúnen a experimentar con el videojuego y el deseo subyacente a los creadores del programa Videodrome. Quienes, en este caso, no se contentan únicamente con el simulacro y evitación de la muerte sino que además desean suplantar a dios, como tantos y tantos políticos. A los que estoy seguro de que si les preguntáramos cómo y de qué piensan morir, no tendrían respuesta. No por la interrogante en sí que, reconozco, puede ser complicada e intrusiva sino porque se conciben inmortales, tal y como James Dean pensó que era y lo cree la sociedad en que este icono creció: la norteamericana. Una sociedad que no se cansa de acumular deuda, petroleo y dinero con la esperanza de que así podrá retrasar lo inevitable, la muerte, cuando lo único que está consiguiendo con ello es mamar y mamar de un chupete con tanta fuerza e intensidad que sólo resta saber cuando terminará por ahogarse. Shalam
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