Dejo a continuación un párrafo de un libro. Intenten adivinar, por favor, a quién pertenece.
«Hubo un tiempo en mi juventud en que tuve piedad de los mendigos y de sus úlceras. Contrataba curanderos para ellos y compraba bálsamos. Las caravanas me traían de una isla ungüentos a base de oro que recosían la piel sobre la carne. Así obré hasta el día en que comprendí que consideraban un lujo raro su pestilencia, al sorprenderlos rascándose y humectándose con fiemo como aquel que estercoliza una tierra para arrancarle la flor purpúrea. Se mostraban uno a otro su podredumbre con orgullo, envaneciéndose de las ofrendas recibidas; pues quien ganaba más, se igualaba ante sí mismo al gran sacerdote que expone el ídolo más bello. Si consentían en consultar a mi médico, era con la esperanza de que su chancro le sorprendiera por su pestilencia y amplitud. Y agitaban sus muñones para tener un lugar en el mundo. Aceptaban los cuidados como un homenaje, ofreciendo sus miembros a las abluciones que los halagaban, pero apenas el mal se había borrado, se descubrían sin ninguna importancia, no nutriendo ya nada de sí, como inútiles, y se ocupaban en adelante en resucitar la úlcera que vivía de ellos. Y, bien arropados nuevamente en su mal, gloriosos y vanos, volvían a tomar, escudilla en mano, la ruta de caravanas y, en nombre de sus dioses sucios, exigían la limosna de los viajeros.»
Del mismo libro, dejo a continuación dos párrafo más.
«He visto al egoísta o al avaro, aquel mismo que gritaba tan fuerte contra toda expoliación, suplicar, llegada su última hora, que se reunieran a su alrededor los familiares de su casa y repartir luego sus bienes con una equidad desdeñosa, como juguetes fútiles entre los niños. He visto al herido pusilánime, el mismo que hubiera aullado para pedir socorro en el corazón de un peligro sin grandeza, una vez despedazado verdaderamente, rechazar toda asistencia de los demás si esta asistencia hacía correr algún peligro a sus camaradas».
«Aquel al que la muerte ha escogido, ocupado en vomitar su sangre o contener sus entrañas, descubre solo la verdad, a saber: que no hay horror de la muerte. Su propio cuerpo se le aparece como un instrumento en adelante vano, que ha dejado de servir y que él arroja. Un cuerpo desmantelado que muestra su mucho uso. Y si el cuerpo tiene sed, el moribundo no reconoce sino una ocasión más de sed, de la que será agradable verse libre».
Yo, desde luego, no sabría decir cuál es su autor. Tal vez me inclinaría por Lautreamont. Cualquiera de los muchos pasajes de Los cantos de Maldoror que apenas recuerdo. Puede que también hubiera mencionado a Khalil Gibran. El célebre autor de El loco y El profeta.
Ambas respuesta fallidas.
Todos estos textos pertenecen a un libro inacabado de Antoine de Saint-Exupéry: Ciudadela.
Si he optado por citarlos al principio es para que el lector de avería tome conciencia de la profundidad, crueldad, locura, vivacidad y señueño místico del libro.
La memoria de Saint-Exupéry va indisociablemente unida a la de El principito. Una maravilla que no debería eclipsar el resto de su obra. Yo, desde luego, estoy impresionado con Ciudadela. Un libro poliédrico, salvaje, de un misticismo sin igual, difícil de encontrar en el siglo XX. Un libro parecido a una enorme acuarela impresionista que tiene más de Baudelaire y de Rimbaud que de racionalidad y realismo.
Lamentablemente, Ciudadela es un gran borrador. Saint-Exupéry estuvo trabajando más de una década en el mismo pero no llegó a concluirlo. No teminó de ajustar todas las tuercas. Pulir las frases, algunas expresiones, ciertos giros. Saint-Exupéry era un escritor muy claro. Místico y contradictorio pero claro. Ciudadela no lo es y eso, por una parte, es de agradecer puesto que amplía su significado como una nebulosa pero, por otra, no en cuanto no es un libro terminado. A veces es demasiado confuso.
Una cuantas décadas atrás, Michel Quesnel y Pierre Chevrier llevaron a cabo una correción de Ciudadela. Pero, por muy buena que fuera, siempre sería insatisfactoria. Porque la única que no dejaría dudas sería la del propio Antoine. En fin, quejarse, a estas alturas, de este hecho, es estúpido. Mucho más inteligente me parece bucear en sus páginas por más que, al ser un borrador, hay que ir con tiento. Lo que no significa que no quede claro el gran libro que iba a ser ni que (así como está) no lo sea.
Ciudadela es un libro insomne, un negro turbante hecho para leer lentamente, poco a poco, no más de varias páginas cada día, e ir con tranquilidad reflexionando sobre el mismo. Es un texto por momentos simbolista lleno de visiones, pasajes impresionistas parecidos a ecos, meditaciones, augurios.
Estamos acostumbrados al Saint-Exupéry aviador. Son célebres sus viajes en aeroplano y sus reportajes sobre la Guerra Civil. Pero el escritor francés tuvo otra pasión además de la literatura y de los viajes: el desierto. Son innumerables las experiencias que vivió entre la arena, los días que pasó entre dunas en situaciones a veces inverosímiles, de franco riesgo.
Ciudadela es el gran libro inspirado por el desierto de Saint-Exupéry. Obviamente, alguien como él, no iba a hacer una narración clara, escueta, sobre los solitarios parajes africanos. Ciudadela es todo lo contrario a un libro convencional. Es, en gran medida, opio, vapor. Aúna las reflexiones de un príncipe, un príncipe árabe sobre ciento y un temas. Reflexiones, como las que he colocado en este avería, llenas de retruécanos, de profundidad, a través de las que realiza una seca y, por momentos, alucinada disección de la humanidad.
No quisiera dar lugar a confusiones. Ciudadela, para entendernos, no habla directamente del desierto aunque su presencia se siente con intensidad detrás, en todo momento, a lo lejos. Más bien, es un libro que no se podría haber escrito sin el desierto. Áun no lo he terminado. Voy poco a poco. Ya digo que Ciudadela necesita tiempo, sus momentos. Pero puedo entender perfectamente los motivos por los que el escritor francés lo consideraba su obra maestra. Shalam
يجب أن يكون لدى الأطفال الكثير من التسامح مع البالغين
Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos








1imagen…las tres «casas» de los mendigos….fuera de la casa del conde de los ungüentos de oro……
2imagen….hay una oscuridad sin remedio dentro de la edificacion …….necesidad buscar-vivir la luz fuera…….
3imagen….vertices rodados y paredes con agujeros contra el viento…..el ciudadaleño tambien se resguarda…..ja,ja,ja,….
4imagen….los turistas con la boca abierta empapados de lo observan……
5imagen….palacete del conde.. aunque vaya en avion 1900-1944…
PD…https://www.youtube.com/watch?v=tHhClx9UIzg…senderos de gloria…kubrick…1957….vaya un sin vivir…0 menos 15,14, 13,12, 11,10,9,8,7,6,5,4,3,2,1,0…….piiiiiiiiiiiiiiiiii
1) Me impresiona el soldado en la puerta de la izquierda. El vigía cuidando la fotaleza. La soledad. 2) Mañana o pasado estaré allí. Siguiendo el rastro de Pasolini. Filmación de Edipo Rey. Aunque no estoy seguro. 3) ¿Por qué ya no se hacen ciudades, palacios así? Las 1001 noches. 4) Aquí sí que rodó Pasolini su Edipo. Aquí sí pasearé mañana o pasado. Yo soy uno de los de la foto o el que hace la foto..jajajja.. 5) Palacio impresionista. Delacroix. Arabia. Recuerdo el libro de Maupassant sobre Argelia. Su viaje africano (o magrebí). jjaa PD: es realmente impresionante esta escena. Impresionante. Y se percibe perfectamente el afán de perfección de Kubrick.