No es fácil pensar con la cabeza fría cuando se trata de Ceuta. Pero creo que debemos hacerlo. Todo el mundo sabe que amo Marruecos. Desde mi primera llegada a Tánger en barco, en diciembre de 1999 —deprimido, vacío, triste, pensando una y otra vez en suicidarme—, caí rendido ante el salvajismo de una civilización ancestral que me devolvió las ganas de vivir.
Aquella Nochevieja la pasé en Merzouga, en pleno desierto, bajo las estrellas, fumando hachís y montando en camello, leyendo a Thomas Bernhard, escuchando el árido y solitario Knock Knock de Bill Callahan y cantando a gritos con nómadas y bereberes. Por aquellos tiempos, Marruecos era aún más rústico y ancestral. La tierra, las montañas, el agua… Todo desprendía una energía brutal, casi chamánica. La fuerza del Atlas, aquellos amaneceres, la épica de las comidas compartidas me insuflaron vida, un nuevo aliento.
Creo que antes de llegar al desierto, con apenas 25 años, tomé mi última pastilla para dormir. Saqué el resto del frasco y las enterré en la arena. En esa arena inagotable, bajo ese cielo infinito, solo existíamos Dios y los hombres. La aventura humana era eterna, no frágil. Las modas pasarían, pero el mar y el desierto continuarían. Resistirían. Semanas atrás, mi alma era un fósil viviente. Vivía en lucha conmigo mismo y la sociedad. Allá, entre las dunas, sin embargo, era yo de repente un crustáceo, un tiburón vivo. El ángel caído volvía a remontar el vuelo. El muchacho que volvió a España ya no era un europeo muerto, un cadáver prematuro, la viva imagen del abatimiento. Ahora era, sí, un animal herido que respiraba: un superviviente africano.

Desde aquel día, he vuelto hasta en nueve ocasiones más a esos confines. Así que, como se comprenderá, he experimentado situaciones de todo tipo. He estado en el cielo en innumerables ocasiones y he tenido que sacar el cuchillo más de una vez ante comerciantes chantajistas, los hijos de la miseria y el rateo. Algunos hombres me han querido follar, alguna mujer me ha agarrado el brazo rogando por venirse conmigo a España. He vivido en casas donde tres personas dormían en la cocina y se aprovechaba cada espacio para sacar unos cuantos dirhams más; hay quienes me han ayudado y me han dado dinero porque lo había perdido en una caminata nocturna por la playa, los que han adivinado mejor mi estado interno que cualquier amistad europea, y quienes han compartido té semanas enteras sin ningún motivo espurio.
En Marruecos he vivido de todo. Literalmente. Estoy acostumbrado, por tanto, a tratar con marroquíes, bereberes y magrebíes. Gente que, si te ve desahogado económicamente, te agobia hasta el extremo para sacarte cuantos más euros sea posible, pero que si te ve necesitado y humilde no duda en compartir la comida contigo y ayudarte hasta que te ven a salvo. Tranquilo.
Sé de las enormes virtudes y defectos de los marroquíes. ¡Coño! Si hasta mi primera novela, Martillo, transcurría en Fez y era un homenaje a aquel país. Así que, precisamente por eso, porque he convivido con ellos, porque he reído con ellos, porque he reñido con ellos, porque me he bañado con ellos, no tengo miedo a que invadan nuestras calles; pero, por supuesto, tampoco tengo un especial interés en que lo hagan.

En fin. A lo que voy. ¡Ceuta! ¿Qué creo que está ocurriendo allí? Ni una invasión ni una guerra oculta y larvada entre civilizaciones ni nada parecido. Tampoco una sustitución racial. ¡No! ¡Nada de eso!
Simplemente, los jefes del mundo, (las familias que hay detrás de empresas multinacionales como Google, Amazon, Zara, facebook, Repsol, Netflix, Nestle, Apple, Microsoft, etc…) los señores que realizan negocios globales, manejan el comercio mundial y controlan a los gobernantes de media Europa son conscientes de algo que muchos españoles y europeos hemos olvidado. Para sostener este sistema, este circo mediático, esta sociedad llena de lujos y frivolidades, la sociedad del bienestar, es necesario que existan peones, masas de personas dispuestas a trabajar de lo que sea y como sea con tal de tener un techo seguro donde dormir y alimentación.

Nosotros, los españoles, los italianos, los franceses, cada vez tenemos menos hijos. Nos negamos a bajar nuestro nivel de vida si eso supone sacrificarse por otra persona (un niño) cuyo destino no sólo es incierto sino que nos removerá el alma entera si es cruento o trágico. Los europeos preferimos spotify premium, contemplar fútbol en una televisión de plasma, conducir coches eléctricos, disfrutar de deportes náuticos, viajar a destinos exóticos, practicar distintas modalidades de sexo e ir a festivales de música y cine antes que tener hijos. El aborto, de hecho, no está actualmente contemplado como algo punible o extraño -algo, en realidad, indeseable, un cataclismo humano- sino como un derecho absoluto, total. Inalienable. Una muestra de libertad, casi de autonomía y poder soberano.
¡Bien! En esto último podemos estar más o menos de acuerdo (o no) pero en lo que creo que todos llegaremos a la misma conclusión es en el hecho de que los países se sostienen con hijos, con nuevos nacimientos, con vida. Hasta ahora que se sepa, todos hemos salido del vientre de una mujer. Y si nadie tiene hijos, si las mujeres no paren, si todos los hombres follan con condón, esto se extingue. España moriría. Sería un párrafo en la historia.
Los empresarios, los señores del comercio y de las multinacionales sin embargo necesitan mano de obra fácilmente manejable, que no cause demasiados problemas más allá de las típicas estampidas. Eso no es fácil de encontrar en Europa actualmente sino fuera. Porque lo que para nosotros es normal, para la mayoría de marroquíes es un sueño. También para los turcos y los somalíes y muchos senegaleses y tantos y tantos seres humanos.

¿Se entiende por dónde voy? La cosa está en blanco y en botella. Lo llevamos viendo en múltiples zonas de Europa durante las dos últimas décadas. Ahora es Ceuta pero antes fue la isla de Lampedusa (Italia) o la de Lesbos (Grecia). De un modo u otro, ambas áreas fueron laboratorios a cielo abierto de este trasvase de cuerpos. Como también lo han sido las costas de Canarias, el mar de Alborán, las vallas de Melilla o el río Evros en la frontera turco-griega y las verjas militares húngaras en la ruta de los Balcanes, donde el stock de mano de obra barata choca contra las alambradas en su tránsito forzado hacia el andamio industrial de Alemania.
En realidad, todos estos conflictos migratorios han sido válvulas de presión controladas por los mismos ingenieros del zoco transnacional. Han servido a sus intereses y les han permitido implementar unas medidas u otras para continuar teniendo mano de obra maleable. Si hoy en día la natalidad europea estuviera disparada, este irregular pero incontenible trasvase, repito, seguro que no ocurriría. Los jefes del globalismo ya se habrían encargado de cerrar las compuertas, enviar a los ejércitos y proceder a un desalojo por avasallamiento. De hecho, a pocos marroquíes se les hubiera ocurrido osar cruzar la frontera sin un pasaporte en regla. Ocurre, repito, que los señores globales necesitan esa mano de obra y si nosotros, los europeos, no se la damos, la van a conseguir por todos los medios.
¿Qué sucede mientras tanto? Para el rey de Marruecos, esta decisión ha sido maravillosa porque puede venderla a su pueblo como una victoria moral contra España. Puede azuzar el patriotismo de los marroquíes avivando el no tan lejano recuerdo de la marcha verde del Sahara. Por otro lado, en nuestro país los gobernantes se frotan las manos. La izquierda tiene un nicho tremendo de futuros votos y una posibilidad de mostrarse solidaria con las pobres víctimas y los emigrantes. La derecha, por otro lado, prenderá fuego avivando el miedo a la conquista, el orgullo patrio y llamará a una reivindicación de la nación. También tiene muchísimos votos asegurados. Mientras tanto, los medios ya tienen carnaza con la que llenar horas y horas de telediarios buscando declaraciones altisonantes, conflictos marginales, voces hastiadas. Ya tienen audiencia asegurada y lobotomizada a la que juran informar mientras se aprovechan de ella y la manipulan.

¡Todos salen ganando! ¡Todos, claro, menos los chavales que fueron allí engañados, ilusionados tal vez con una vida mejor y, claro, los ceutíes que se estarán preguntando todavía qué cojones hacían 70000 marroquíes en sus calles y, aún hoy en día, los 10000 que quedan! Yo he ido a Marruecos y he vivido alguna que otra experiencia de convivencia extrema porque así lo quería yo. Pero, ¿los ceutíes? Nadie posiblemente quería experimentar esta vivencia que, repito, favorece a ambos lados políticos (oportunistas extremos) pero, sobre todo, a los señores del globalismo. Que son quienes han dado la orden de que esto suceda.
¿Mi pronóstico para el futuro? Creo que lo de Ceuta se repetirá más veces en otros lugares de Europa en los próximos años. Mientras la natalidad sea exigua, esto seguirá ocurriendo. Los hijos que no hemos querido tener son los africanos que vienen ahora sin papeles a nuestros países y terminan instalándose (no sin previos forcejeos) en nuestros feudos. Pero no nos engañemos. En el momento en que los jefes del comercio vean cubiertos todos los puestos que necesitan ocupar, el goteo se terminará. Concluirá. Los líderes políticos de la derecha tomarán el poder (aupados y financiados por los globalistas que también, por supuesto, financian a los de la izquierda) e inmediatamente Europa se convertirá en un fuerte infranqueable. No entrará nadie sin papeles ni tras un difícil proceso. Pero para eso quedan calculo que aún doce o trece años.

Me puedo equivocar pero auguro una Europa cerrada a cal y canto (metafóricamente) para dentro de una década. Tal vez un poco más. Quince años. O un poco antes. ¿Qué más da?
Mientras tanto, probablemente veamos más casos como el de Ceuta. Una guerra fría migratoria que afectará al pueblo y favorecerá a los políticos (esto, al fin y al cabo, es un inmenso caladero de votos) y, por supuesto y sobre todo, a los grandes empresarios globales. Los jefes del comercio. Esos que antes enviaban a sus operarios a conseguir marfil en África y hoy les ordenan construir redes sociales, contraseñas, muros de pago y también, claro que sí, páginas web con todo tipo de facilidades para que la gente consuma y adquiera objetos en el menor tiempo posible. Para, en definitiva, que el espectáculo continúe y los negocios no se detengan nunca. Shalam
الرحلة لا تنتهي أبداً. أبداً.
Un viaje no termina nunca. Jamás




1imagen…todo este paraje lleno de niños…procreacion…montañas de niños desnudos, recien nacidos (el papa joven ,sorrentino,2016) ….leche de camello y datiles es el desayuno…mucha gente para la guerra….
2imagen…en estas dune (lynch-1984) hay aguas y vientos….mundo underground luchas de poder entre la energia vs grandes gusanos
3imagen…imitando a la naturaleza,,,
4imagem…los liberales muy capitalistas….(el final del tesoro de sierra madre-1948.john huston)…..
5imagen…deshumanizados…dispuestos a la fabricacion de las guillotinas….
6imagen…una partida de campo..1946..renoir…(herencia del colonialismo frances…)…..
7imagen…el señor pasolini..1975…salo….en los puros huesos….
PD…los tres primeros minutos son de chachara,.,los seres del desierto…el religiosos/as electrizado/as…funkadelic….toda la presencia en el telon diana del escenario…..
https://www.youtube.com/watch?v=HHvJ0EG8mQ8&list=RDHHvJ0EG8mQ8&start_radio=1
1) Aquí los escasos frutos son miel y el agua un milagro. Aquí se entiende por qué el hombre pensé en Dios y Dios a los hombres. 2) A-rra-kis. Por ahí también podría aparecer Flash Gordon perseguido por las tropas de Ming. ·3) Alfareros. Cuento de los alfareros. Imagino a battiato componiendo música concreta ahí mismo. 4) Miguel boyer¿Por qué Preysler no me planchó bien la manga del traje? Porque no le tocaba a ella sino a su criada. 5) Tribu occidental perdida en medio de un siglo cualquiera. Ya nadie sabe nada. 6) La conquista del Oeste. El Dorado. /) A dominar y a destruir. La vida es de los que mandan y de los que obedecen. El amor exterminado. Comer, comer. PD: demolición del cerebro. Rito y rezo también concierto. todo en uno. El San Juan de la Cruz del funk.. jajajaj Prince tomando nota….