Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Creo que el arte de Mark Ryden comienza justo donde termina el surrealismo. Que lo que los artistas surrealistas sugerían como fantasía, Ryden lo convierte en real.
En cierto sentido, Ryden es el niño que deseaban ser los surrealistas sin necesidad de forzar ningún límite. Los personajes que retrata viven dentro de una caja china. En medio de un cofre de porcelana lleno de muñecas. No saben nada de nuestra sociedad. Nunca van a penetrar en ella ni les interesa. Al contrario de lo que ocurre con el arte surrealista, nosotros somos los espectros y fantasmas para ellos. No al revés. Porque su universo ciertamente es mucho más consistente y ordenado que el nuestro. Posee un mayor sentido (sea cual sea). Y entiendo por ello que, aunque no lo parezca en primera instancia, sus obras son una suntuosa respuesta al mundo despojado de simbolismo y espiritualidad actual. Son una canica alquímica recorriendo incesantemente una oficina. Un globo de plástico decorado con grabados renacentistas surcando el mar sin explotar jamás. Un cuento de los hermanos Grimm recitado sin descanso en las salas de un palacio medieval.
En los lienzos del artista norteamericano percibo tres impulsos distintos. 1) Un intento de reconstruir el castillo alegórico occidental y darle un barniz esotérico a los antiguos iconos alquímicos y románticos 2) Una exploración onírica del mundo cósmico en busca de nuevos símbolos y metáforas con el poder de agrupar a toda la humanidad. 3) Una relectura secreta y mágica de la historia de Estados Unidos y el consumo.
En realidad, creo que es imposible observar un lienzo de Mark Ryden sin escuchar música. Que de su centro emergen melodías procedentes de aquellas deliciosas cajas antiguas que embellecían las cómodas de nuestra abuelas. Que muchos de ellos rememoran el ambiente de los viejos circos y ayudan a vislumbrar los parajes naturales del futuro. Y que también es muy difícil contemplarlos sin percibir al menos por un instante a sus personajes moviéndose ajenos completamente a nuestras miradas. Accediendo a nuestros espacios sin provocar miedo pero tampoco una familiaridad tan grande como para querer abrazarlos.
Ryden, sí, es un taumaturgo triste pero taumaturgo al fin y al cabo. Un hombre que ha logrado que sus obras de arte tomen vida y que contemplarlas sea parecido a asistir a una función de magia europea. Que sea algo parecido a leer el destino con la ayuda de un tarot desconocido. Salir a pasear por la calle y encontrar tanto en los bares como en los edificios a los que penetramos los rostros exactos de los títeres y juguetes con los hablábamos durante nuestra infancia. Logrando convertir por tanto el mundo en una casa de muñecas y la pintura es una isla libertaria. Un territorio ideal para volver a jugar pero también para guardar silencio e incluso rezar con una sonrisa en los labios.
Ryden se toma con tanta seriedad su mundo interior que ha convertido el pop en un territorio adulto, la historia de Norteamérica en una postal y las novelas de Thomas Pynchon en agrestes estampas de un álbum de cromos. Siendo capaz de mezclar sin apenas ironía o distorsión alguna, con absoluta naturalidad y armonía, a los muñecos de Disney con los personajes de la Biblia, Batman con Julio Verne, los grandes paisajistas norteamericanos con los maestros de la viñeta y el cómic y los monstruos románticos con los psicóticos. Sin necesidad de hacer hincapié en la esquizofrenia de nuestra época o la decadencia. Porque pinta el caos con la tersura y ternura con la que daban forma a escenas de interiores muchos de los pintores burgueses de finales del siglo XIX. Como si estuviera diseñando un sello postal o una bucólica imagen destinada a ilustrar una Enciclopedia o un libro escolar.
Ryden es complaciente. En ningún caso, desquiciante. Y si puede llegar a parecerlo se debe más bien al rumbo de la sociedad en su conjunto que a sus propias creaciones. Obras que muestran que el fin de la realidad no tiene por qué ser en absoluto negativo sino más bien una oportunidad para convertir el placer en la única obligación ética y el misterio en el único imperativo moral. Certificando además que el olvido de nuestro origen es en muchos casos lo que nos condena a ser crueles y que los así llamados modernos son seres que viven instalados en el futuro a costa de asesinar su pasado. Shalam
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