Paddy Mcaloon
Paddy McAloon fue la voz. El perfeccionismo y la sensibilidad extremas. La contemporaneidad cool. La eterna búsqueda de la belleza. Y, sobre todo,...
En los 70 no había nadie como los Stones porque no necesitaban mutar continuamente ni abusar de la tecnología para ser certeros. De hecho, eran todavía cercanos. Reales. Muy callejeros y concisos. Olían a alcohol y a droga. A sexo de chica de barrio y no de prostituta de lujo. A pesar de que vivían entre fotógrafos y multitudes, no eran estrellas. Eran músicos. Amaban los tugurios. Se peleaban por un riff, conseguir un buen camello o un buen productor y no por quien aparecía de costado o de frente en la portada de las revistas. Tenían, sí, la intuición de las ratas y la de los guerreros. Eran supervivientes. Y no pensaban en el día del mañana sino en el disco que estaban grabando en ese momento. No contaban los espectadores que llenaban las gradas de sus conciertos sino los compases de cada canción que ejecutaban que, por otra parte, acostumbraban a reinterpretar como les daba la gana. Porque en los setenta, los Stones eran los putos amos. Chulos de discoteca que todo lo hacían con estilo. Experimentaban con el reggae y les salía un pedazo de plástico atemporal y auténtico, vital y seco, que se podía escuchar con la misma pasión en una playa del Caribe que en un pub de Inglaterra. Un ron sin hielo. Les daba por coquetear con la música disco y transformaban el rhythm and blues en una caja de ritmos sexual. Y se iban huyendo de la policía inglesa a Francia y convertían la Costa azul en un tablado de blues drogadicto lleno de odas a la perdición y a la soledad. Lo dicho; una puta locura de década sin la cual no es comprensible el dicho de que los Stones y el rock no es que sean palabras sinónimas sino idénticas. Peces y agua mezclados en un barril de vino y vodka. Shalam
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