Claustrofobia
Pedro Burruezo y María José Peña dieron a luz a una de las propuestas musicales más inusuales y originales surgidas en nuestro país: Claustrofobia....
Existía un aire enrarecido, ambiguo e impreciso, mezclado con ciertas dosis de gélida locura en aquel disco, que lo hacían sumamente atractivo. Había allí una voluntad de experimentar sin necesidad de ser excesivamente insistente, que me parecía fascinante. Creo que porque lo que pretendía Bowie, era dejar libre al oyente para desplazarse por entre aquellas canciones como lo deseara, permitiéndole en cierto modo, colaborar a crear una obra que parecía una acuarela abstracta. Una sinfonía de sonidos alienados en la que se mezclaban formas geométricas indefinibles y fogonazos de inspiración chamánica junto a trazos, retazos vanguardísticos y experimentales que se mecían sobre pasajes melódicos envolventes y adiposos.
Bowie quiso y supo captar la fascinación y miedo por el futuro que se palpaba a mitad de la última década del siglo XX. La ansiedad de un presente que comenzaba a bifurcarse en cientos de nuevas realidades virtuales que colonizarían la psique del ciudadano occidental. Entendió perfectamente la lógica neoliberal, la esquizofrenia capitalista y la trasladó a un disco a través del que se comprendían, sin necesidad de leer tratado teórico alguno, las claves de nuestra época: la manipulación, el rostro anónimo del poder, el aislamiento de los ciudadanos, el discurso abstruso político, la autodestrucción, los efectos del consumo cotidiano de cocaína y la atracción nihilista por el abismo habitual en sociedades que, paradójicamente, ponían en primera línea de valores, la seguridad y el bienestar. Sociedades de un tiempo no ya decadente, como sostenía Owald Splenger, sino arisco, peligroso, fascinante, en muchos sentidos, pero también sucio, en el que se intuía, como ha sido así finalmente, que todas las certezas acabarían estallando.
Concebido como la primera parte de una trilogía que nunca se llegó a concluir, Outside narraba las investigaciones realizadas por un detective llamado Nathan Adler sobre una serie de crímenes (cadáveres mutilados, cuerpos descuartizados son utilizados en exposiciones y vendidos a precios altos para goce de los estetas) que habían comenzado a extenderse en el mundo del arte. Y a partir de allí, comenzaba un viaje apasionante y sin misericordia, por un mundo en el que las fronteras se diluían y todo era mutable, sin planos ni reglas fijas, como si estuviéramos ante una nueva versión del Almuerzo desnudo, un fresco de Ensor, o una película de Cronenberg. Un mundo nitzscheano repleto de máscaras, tiburones y arañas que ponía en contacto el expresionismo alemán con las leyes de la cibernética y el arte postmoderno más feroz. Haciendo comprensible el que David Lynch utilizara uno de los extraviados temas de aquel disco para cerrar su indescifrable Carretera perdida; o David Fincher eligiera «The Heart’s Filthy Lesson» para finalizar su Se7en: otra historia postmoderna de detectives disfuncionales y asesinos anónimos.
Sin dudas, me hubiera gustado encontrarme en el estudio donde se registró el disco. Se intuye, se siente, que los músicos disfrutaron, gozaron. Reeves Gabrels, Carlos Alomar, Mike Garson ya tenían una trayectoria lo suficientemente consolidada para entender y llevar a cabo sin rechistar, las órdenes del maestro de ceremonias, Brian Eno, con quien Bowie se había vuelto unir.
Desde Outside, por ejemplo, el ambient, el jungle y el house se convirtieron en estilos musicales que dejaron de serme indiferentes y extraños. Al igual que el arte contemporáneo. Recuerdo asistir a las más variadas, distintas exposiciones de pintura o escultura, escuchando este disco en mis walkman, mientras me sentía transportado. Y realizar una relectura de los lienzos de Francis Bacon o Lucian Freud a partir de los presupuestos extraídos aquí, los cuales me sirvieron para trazar un puente entre el futuro y el pasado. Vincular Arco (la feria de arte madrileña) al Sonar (el festival de música electrónica catalán) y estos espacios creativos con los libros que leía y me influenciaban, permitiéndome fusionar el museo y la calle y caminar, más libre y ligero de peso, con mayor levedad, tras el rastro dejado por Walter Benjamin, Marshall Berman o Baudelaire. De hecho, Outside me hizo comprender al fin, otro disco de Bowie, Heroes, que durante mi adolescencia, aún gustándome, no terminé de disfrutar. Pero terminó por maravillarme de tal modo, que en cuanto pude reunir un dinero, partí a Berlín en tren para intentar familiarizarme con el ambiente en el que Bowie creó algunas de sus mejores creaciones. Influenciando, a su vez, a muchas otras.
1ºimagen:…….dos atinados agujeros……escultor ingles antony gormley…………….
2ºimagen:…..lodger-1979—–outside-1995……(portada continuatoria)……..
3ºimagen:……con chaqueta de piel de serpiente en el pasillo de su casa…….(todos esos ojos)……
4ºimagen:…..auguste rodin-david bowie-antony gormley
5ºimagen:…..veremos a ver como salgo de esto………buddha of suburbia1995…..
6ºimage:……procedimiento cut up……………de acuerdo en todo….por supuesto…..sonrisa…..
1) No conocía a Gormley. Sí. Excelente comparación. 2) No había visto la continuidad entre las dos portadas pero sí está ahí de algún modo. Cierto. 3) Los reptiles también mutan. Así acabó el rock de los 50. Corazón salvaje esquizofrénico. 4) El batería del fondo parece un simio. Todo muta y es salvaje y moderno. El gran manicomio. 5) Budha es un disco interesante que me costó bastante conseguir en su momento. Aquí Bowie parece cantar sobre la Fama. Scaryy Monsters. 6) Bowie y Burroughs se funden en una sonrisa de la que falta la silueta del segundo. La locura es una perversidad.