El Mundial
Tengo la sensación de que, a medida que el Mundial de fútbol ha ido ganando en impacto global, ha ido perdiendo en alcance místico. Que es ya más un...
Rafael Nadal ha transformado su vida, su carrera deportiva en una novela épica. Es el Aquiles del deporte mundial. El gran guerrero. El soldado astuto y valiente. Odiseo, Ricardo Corazón de León y El jabato en el cuerpo de un tenista. Alguien, sí, dotado de unas impresionantes condiciones competitivas pero que, ante todo, es una roca mental y parece haber sido educado combinando dos culturas aparentemente opuestas: la espartana y la budista. Porque disfruta luchando. Con el esfuerzo y el rigor. Ama la disciplina. Los rituales. Los entrenamientos. Pareciera que está en juego su vida en cada partido y se aferra a la cancha como un poseso. Pelea obstinadamente por la victoria, pero acepta la derrota con sabiduría zen. Con templanza. Con la actitud del meditador que ha conseguido traspasar el velo de Maya hace tiempo y encuentra tanta paz contemplando una pared blanca como un paisaje marino desde una colina. Con la humildad de alguien que agradece de la misma forma desayunar unos huevos frescos en un caserón del campo que rebozados en salsa en un resort de lujo. Y por eso ayer tampoco vi un partido de tenis. Vi a un gladiador encerrado en una jaula rodeado por tres soldados al que todos dan por muerto y termina derrotando a sus captores. Vi a un hombre que había sido arrojado a un río con las manos atadas y aparecía extenuado pero vivo treinta minutos después en la orilla. Vi a lo lejos un combate heroico en una montaña del que únicamente un caballero regresó y era él. Rafael Nadal Parera. Herido, sí, sudoroso, con el traje raído y la piel llena de rasguños pero vivo.
Ayer además, tuvo un contrincante de lujo: Medveded. Alguien que, si no se tuerce mental ni físicamente, está llamado a ser un grande puesto que jugó con una frialdad estremecedora. Como si estuviera ejecutando una misión para la KGB o fuera un espía de la Guerra Fría entrenado para superar cualquier adversidad. Alguien capaz de enfrentarse impasible al traqueteo de un avión en el cielo, un ataque terrorista en un hotel o una hambruna. Un hombre al que se le intuye introvertido y con cierta aversión de mostrar sus emociones durante su trabajo -de hecho, su rostro y actitud apenas se modificaron fuera cual fuera el resultado- pero con un tremendo carisma que acometió la final con una mentalidad envidiable. Con una desbordante naturalidad. Siendo capaz de devolverlo prácticamente todo, de marcarse dejadas y paralelos envenenados y lanzar drives inverosímiles en momentos de la más alta tensión sin que se le encogiera la mano. Casi como si estuviera en una segunda o tercera ronda de un torneo desconocido. Logrando llevar a Rafael Nadal al límite y someter el partido a una incertidumbre que no terminó hasta que, cuando como suele ser costumbre pero ya nadie lo esperaba, vimos aparecer caminando lentamente, allá a lo lejos de la montaña, al guerrero español con la piel del bisonte en sus manos y la carne para alimentar a la tribu en su espalda. Shalam
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