Scott Walker el ruidoso
No sé qué pensarán los fans de Scott Walker sobre las palabras que le dedica el esquizofrénico escritor que protagoniza Ruido. Supongo que muchos...
Incluso en los tiempos en que su nombre invocaba ciertos aires vanguardísticos, Jethro Tull eran el pasado. Un Forever Woodstock o un Non Stop Utopia ácido e irónico. El deseo de encontrar lazos de unión entre Johan Sebastian Bach, la música de cámara y las cantatas medievales con el folk y la música progresiva. El eterno retorno de Dionisos. La máscara de los sátiros sacando la lengua a la cultura de la Universidad mezclando el lenguaje callejero con la poesía medieval y las alucinaciones literarias de Allen Gingsberg. Los campesinos ingleses en rebelión tomando la Torre de Londres destrozando el feudalismo para siempre entre gritos de odio y carcajadas feroces. El orgullo de los acantilados y paisajes de Escocia. Y el carnaval atravesando los siglos para transformar la civilización en una eterna bacanal. En esencia, sí, sexo y crítica feroz y sardónica.
A su manera, Jethro Tull fueron la rabia y la rebeldía. Eso sí, orquestada. El puñetazo de un violinista trajeado. Un director de orquesta cabreado. Pero también, la épica y el recuerdo. Un enorme canto al pasado en medio de una tormenta de bits tecnológicos, cifras económicas y petroleo.
En fin, más allá de la deriva vital y de las ínfulas narcisistas de Ian Anderson, escuchar la etapa dorada de Jethro Tull hoy en día transmite paz y regocijo. La sensación de estar ante músicos honestos que se tomaban la música muy en serio. Y que tenían muy en cuenta al vulgo y a la tan denostada plebe. Pues su mensaje se encontraba dirigido mucho más a las tropas que acompañaban a Lancelot o Ivanhoe que a los legendarios caballeros. Y les importaba más que el pueblo pudiera disfrutar de las conquistas llevadas a cabo por el rey Arturo que las condecoraciones que el monarca obtuviera.
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