Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Antonio Vega era un letrista enorme. Poseía una mente inquieta, lúcida y despierta que resultaba muy difícil de entender y calibrar en su verdadero valor. No era un músico cuyas composiciones golpeasen a la primera. Pero era, sí, capaz de construir versos arduos de desentrañar que resultaban familiares y al mismo tiempo, poseían una dimensión universal. Las canciones de Antonio eran un amigo entrañable. Venían en nuestra ayuda en los momentos más inesperados y nos transmitía afabilidad y serenidad. Hablaban a nuestros oídos y corazón en el tono exacto que deseábamos, necesitábamos escuchar. Casi siempre, eso sí, en susurros. Con un tono delicado y letal. Eran en suma, un torbellino de flores que caían sobre el rostro de quienes asistíamos perplejos al despliegue de talento de un muchacho que era capaz de extraer poesía de la cotidianeidad con absoluta normalidad. Tenía la virtud de reflejar el ritmo de la calle desde su habitación y la más pura intimidad.
Antonio estuvo siempre muy cerca de la muerte. Desde que tengo uso de razón se comentaba que se iría al otro barrio cualquier día de estos. Sin embargo, muchos otros se marcharon antes que él. Tal vez porque tenía una habilidad innata para hacer sencillo lo difícil y en sus sueños, momentos antes de despertarse, de vez en cuando cruzaba palabras con la dama de la guadaña que también se sentía hechizada, fascinada por sus letras y talento y siempre le concedía una prórroga. En cualquier caso, su intensa relación con la droga afectó tanto a su personalidad como a sus composiciones que, aun manteniendo cotas altas, fueron perdiendo fuelle con el tiempo, lastradas además por producciones un tanto huecas y desoladoras. Pero aún así, en todas ellas se percibían detalles, señales, signos inequívocos de su genialidad. Esa capacidad de trazar melodías atemporales a las que ajustaba letras que recitadas por otros sonarían ridículas pero que, gracias a su voz, alcanzaban cotas sublimes. Revelaban paisajes escondidos y senderos desconocidos, conseguían unir mundos y objetos aparentemente disonantes y estaban llenas de metáforas de una exactitud y agudezas escalofriantes sobre eso tan extraño que llamamos vida.
«Esperando nada», «Una décima de segundo», «Relojes en la oscuridad», «Chica de ayer», «Océano de sol». Basta mencionar cualquiera de esas instantáneas joyas de la música en castellano para tomar conciencia de la grandeza de su lírica. La capacidad que tuvo de unir con varios acordes el pop inglés y el español en canciones fantasmagóricas repletas de intensa luz. Textos donde daba vueltas sobre su vida y el amor de forma sumamente personal. Siempre con un pie puesto en el porvenir y otro en los despojos de la realidad. Alumbrando sombras y desvaneciéndose entre las llamas de sus murmullos y lamentos. Creando canciones que eran verdaderos sueños como quien cuenta estrellas, hace barcos de papel o fuma un cigarrillo. Con la inconsciencia del niño y la sabiduría del anciano.
No me resulta difícil comprender a las personas que se drogan. Al contrario, en un mundo tan cruel como el nuestro, lo que no entiendo es cómo no lo hace mucha más gente. De hecho, a veces pienso que drogarse más que una elección personal es un destino. Una vocación que Antonio Vega vivió al límite. Uniendo enfermedad y arte para expresar su mundo interior. Reflejar toda la desolación y el amor que llevaba dentro, dejar surgir su voz entre sombras y elevarla al viento sin caer en el ridículo.
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