Un cofre peligroso
Me resulta interesante plantear ante la lectura de una obra como Crash hasta qué punto el arte ejerce la función de chupete. Tal vez porque la...

La leyenda es sencilla y hermosa. Un monje ortodoxo, Pavme, planta un árbol estéril en una ladera. Y después le dice a su joven discípulo, Ioann Kolov, que debe regarlo diariamente hasta que vuelva a la vida. Obediente, cada mañana, al despertar, Kolov hace el esfuerzo de subir la montaña y echar agua en el árbol marchito durante tres años. Hemos de suponer que, en muchas ocasiones, le asaltaría la duda acerca del sentido de aquello que estaba haciendo, que se sentiría desanimado y falto de fuerzas y con ganas de abandonar. Pero un día luminoso, todos sus esfuerzos cobraron sentido al encontrar el árbol, contra toda lógica, lleno de retoños; con sus ramas repletas de hojas y flores.
No encuentro metáfora más bella sobre la importancia de la fe y el crecimiento espiritual que la que acabo de relatar. Tanto es así que en unos momentos en que no sabía cuál iba a ser mi destino y si podría dedicarme a viajar e investigar, la leía religiosamente, como si fuera un ritual, cada semana. Intentando comprender, interiorizar que si yo insistía en pedir una Beca para irme a América con la intención de crecer personalmente y realizar un ensayo, al final lo conseguiría. A pesar de que hasta aquel momento, las veces que lo había intentado había sido rechazado, estaba convencido de que finalmente encontraría lo que buscaba si no perdía la fe. Y habría un día que podría mirar atrás y contemplar ese árbol que ahora veía desnudo repleto de los frutos de mi trabajo. Como, en cierto modo, así ha sido.
Tal vez porque para el artista ruso cada una de sus películas representaba un acto ético que lo vinculaba a una tradición y lo hermanaba con el resto de seres humanos del pasado, presente y futuro. Y porque para él era asimismo, sumamente importante dotar de conciencia al espectador y hacerle comprender la verdadera importancia de su vida sobre la que influía la del resto de la humanidad. En suma, porque Tarkovsky entendía que la existencia auténtica sólo puede florecer a través del amor y la responsabilidad. Razón por la que probablemente sus films habitan en el limbo repletos como se encuentran de intentos de comunicación espiritual y mensajes de fe que nadie aparentemente quiere escuchar aunque bastarían por sí mismos para terminar de una vez con esta perniciosa, impostada crisis de conciencia -con sus miles de violentas psicosis o recurrentes y desmoralizantes neurosis- que reina a sus anchas por todo Occidente.
Señalaba Andrei Tarkovsky que el ser humano que no es capaz de sacrificarse por sus semejantes o conmoverse por su dolor, se encuentra condenado. Y ahí cifraba el desarrollo y evolución moral de nuestra civilización, de cada uno de nosotros: en nuestra capacidad y voluntad de dar algo a lo demás sin pedir nada a cambio, nuestra voluntad de perder algo en beneficio de la comunidad. Y es en este sentido que se comprenderá la defensa radical que hacía de los seres humanos (aparentemente) débiles. A quienes consideraba capaces, en situaciones límite, de extraer de sí mismos una fuerza interior, una fortaleza que haría que el mundo se sostuviera en pie. Y terminó convirtiendo en héroes protagonistas de sus magníficos films cuyo único argumento era el amor.
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