Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Con el tiempo, el impacto de Los detectives salvajes ha disminuido en mí pues lo considero un texto irregular al que le sobran 300 páginas para ser la obra maestra que en muchos de los pasajes de su desarrollo es. Pero incluso sobrándole 200 a 2666, esa novela es un monumento. Leer 2666 es igual a leer la vida político-social mexicana de las últimas décadas con mucha más exactitud y crudeza y sobre todo verdad y aliento mítico que el retrato que la mayoría de escritores de su país ha hecho. Porque Bolaño no ironizó. Tampoco se rió ni fantaseó. Fue directo a describir sin parches al mal. A revolcarse en la mierda sin temor a mancharse. Y por ello, en cierto modo, 2666 es una descripción profunda de los asesinatos de Atyozinapa en primera fila muchos años antes de que ocurrieran. Porque en la novela, los cuerpos, cualquiera que tenga voz y deseos de vivir es candidato a ser quemado o calcinado. A ser incinerado mientras las voces de alambicados intelectuales y académicos universitarios afines a Paz, Borges, Fuentes o quien sabe quién (éste, en cierto modo, sería el sentido de su magnífica primera parte) se entremezclan con los gritos de las víctimas y los de los opresores contribuyendo a confundir a la población. Alejándola de los problemas fundamentales y esenciales. Incapacitándola para distinguir aquello que es evidente: que México no es un estado de derecho y que los mimbres de su composición son similares a los de un estado dictatorial o apátrida globalizado donde el destino de cualquier protesta no es ya ser silenciada o penalizada sino directamente acribillada a balas.
En 2666, Bolaño se internó en la nebulosa maligna que recorre el país más allá de la «aparente» y «ficticia» tranquilidad de sus habitantes. Mostró una tierra de esclavos. Un lugar en ninguna parte truncado de raíz donde la convivencia es azarosa. Fruto de la buena voluntad. Casi del azar o la magia. Y nos enseñó que en realidad, el mexicano no se ríe de la muerte sino que está enamorado de ella. Más por fatalidad -al fin y al cabo es su única posesión- que por destino. Por su diálogo cotidiano con la aspereza y la incertidumbre que por necesidad de cortejarla.
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