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Rivales

Sep 10, 2022 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a la mítica rivalidad entre las tenistas Martina Navratilova y Chris Evert Lloyd. El cual recomiendo leer escuchando un clásico tema de Abba: «One of us».

Rivales

No sé si ha existido una rivalidad parecida en el mundo del tenis a la que durante más de quince años mantuvieron Martina Navratilova y Chris Evert. Aparentemente, eran tan diferentes que resultaba muy fácil oponerlas y lograr que los espectadores se decantaran por una u otra.

Evert había sido educada estoicamente. Su padre le había hecho comprender lo importante que era contener las emociones. Mantenerlas ocultas. En las partidas de poker no ganan muchas veces quienes tienen mejores cartas sino los jugadores que son impenetrables para el resto. Por eso Evert solía comportarse del mismo modo en la pista más allá de la dificultad del partido. Por otro lado, Navratilova era una mujer volcánica. Mucho más emocional y visceral. A Navratilova se la veía sufrir y gozar en la pista. Navratilova se implicaba totalmente en cada golpe, en cada movimiento. Establecía una relación física con el tenis. Navratilova era capaz de romperse, rehacerse y renacer en medio de un partido. Evert, sin embargo, era más distante. A veces parecía impasible. Sólo en los vestuarios y en su vida privada desvelaba su verdadero ser.

Navratilova era una hija del comunismo. A pesar de haber abandonado su país y haberse nacionalidado estadounidense, muchos la consideraban un producto del Este. Alguien cuya presencia cuestionaba un sistema económico, una manera de vivir y pensar. Por el contrario, Evert parecía un clásico producto capitalista. La clásica muñequita Nancy crecida en un entorno duro pero confortable que le había provisto de lo necesario para que destacase.

Evert podría haber protagonizado perfectamente Grease. A nadie le hubiera extrañado verla bailando junto a John Travolta o apareciendo como secundaria de lujo en una de esas clásicas películas de instituto norteamericanas. Evert era la chica de la que se enamoraban los chicos apuestos de la Universidad. La muchacha popular con la que cualquiera deseaba salir. De ser bailarina, hubiera ocupado un puesto central en su compañía. De ser aplicada en clase, hubiera sido elegida delegada por sus compañeros. Era, sí, en definitiva, la chica a la que todas votaban como la estrella de la fiesta. Era atractiva y femenina. Envidiada y admirada. Ni más ni menos que Jimmy Connors se enamoró de ella dando inicio a una relación que hizo saltar chispas. Y, de tanto en tanto, uno de sus romances ocupaba las portadas de los periódicos y revistas del corazón.

Martina, sin embargo, era mucho más impopular. Parecía la rara de la clase. Esa intelectual de pelo corto con un libro de Kakfa en sus manos a la que nadie sabe cómo calificar. Además, en cuanto se dedicó a mejorar físicamente, masculinizó un poco su cuerpo. Sus músculos eran grandes y contrastaban con los delicados de Evert. Martina era la clásica empollona de instituto que se ganaba el respeto de sus compañeros de clase pero a quien nadie amaba. Todos intentaban desplazarla o ignorarla y se irritaban con ella porque sus habilidades sociales y su inteligencia le permitían ocupar posiciones de relevancia en la Universidad y realizar diversas actividades con eficiencia. Además, Martina no se sentía atraída por los hombres. Su vida íntima era secreta no tanto porque a nadie le interesara sino porque el lesbianismo era considerado un tabú en el mundo del tenis. Matina era la rarita solitaria. La chica de las gafas con alto coeficiente intelectual que todos miran con desconfianza. Y, por contra, Evert era la mujer que todo publicista soñaba con situar en el centro de un enorme cartel.

Por si esto fuera poco, ambas eran muy distintas jugando al tenis. Evert era la señora del fondo de la pista. No se cansaba de pelotear. Podía tirarse horas devolviendo bolas a las que, eso sí, imprimía los más diversos efectos. Se sentía muy cómoda en la tierra batida. No necesitaba subir a la red para controlar a sus rivales. En realidad, era más una tenista que una deportista. Estaba enamorada del juego y no tanto de la competición. Por contra, Navratilova era una gran voleadora. Desarrollaba sus capacidades tenísticas al máximo cuando podía subir a la red y la pelota se deslizaba con rapidez en la pista. Su torneo fetiche era Wimbledon. Y utilizaba el juego de fondo más para defenderse que para ganar puntos. Si podía, de hecho, intentaba acortarlos en lo posible para imprimir tensión a sus rivales.

Cuando ambas jugaban, algo trascendente ocurría. Dos concepciones aparentemete distintas del tenis y de la vida se ponían en marcha y todo podía ocurrir. El tiempo se detenía y medio mundo miraba a una serie de duelos que, por lo general, se encontraban llenos de tensión, golpes inverosímiles y momentos memorables. Una sana rivalidad que generaba auténtica afición al tenis. Muy por encima de los McEnroe-Lendl e incluso de los Borg-McEnroe estaban los Navratilova-Evert. Un enfrentamiento que pronto se convirtió en un clásico. Un Boca-River del tenis. Un encuentro tan popular y distinguido como un polo Lacoste o unos deportivos Adidas.

Su rivalidad ha sido dividida tradicionalmente en tres etapas. En la primera, (de 1973 a 1978) Chris Evert fue la gran vencedora. Básicamente, porque tenía dos años más que Martina y cuando la checa llegó al circuito, se encontraba ya consolidada en la élite. En las pistas checas donde Navratilova entrenaba había posters de Evert. Una mujer que estaba siendo vendida al mundo como la nueva chica prodigio norteamericana. La destinada a modernizar el tenis femenino. Así que una joven, respetuosa y tímida Martina poco pudo hacer durante sus primeros partidos contra ella. No obstante, desde su inaugural enfrentamiento, Evert sintió que se encontraba ante una rival muy a tener en cuenta. Tanto es así que le propuso jugar dobles juntos. Ambas alzaron unos cuantos trofeos importantes, aunque en cuanto Evert advirtió que Martina podía utilizar esos partidos para estudiar su forma de jugar y superarla, disolvió la unión. Intento vano porque, dos años después, perdería su primera final de Grand Slam contra Martina (Wimbledon 78). Un épico partido a tres sets que marcó el comienzo del viraje de la rivalidad.

De 1979 a 1981, (segunda etapa) las cosas se igualan bastante. Navratilova no termina de despegar pero ya no es una perita en dulce. Es, de hecho, la piedra en el zapato de Evert. Una jugadora destinada a ser una estrella con la que comienza a jugar partidos sobrenaturales, de otro nivel, que le obligan a superarse a sí misma. No desfallecer. Todo cambia, no obstante, cuando Navratilova se pone en las manos de Nancy Lieberman. Una entrenadora que le exige implicación absoluta. Le obliga a desarrollar el físico, a realizar trabajo de gimnasio, cuidar la alimentación y, al mismo tiempo, se propone cambiar su mentalidad. Le exige que considere a sus rivales como enemigas. Le pide por favor que no haga amistades en el circuito. Cualquier tenista es un potencial adversario que puede apartarle de sus objetivos. Una explosiva combinación que, unido al carácter luchador de Martina, da como resultado un incremento exponencial de las capacidades tenísticas de una jugadora valiente y que no cesa de dar pasos adelante en su vida y carrera.

Desde ese momento, (tercera y última etapa) Navratilova establece una especie de dictadura deportiva en su particularidad rivalidad contra Evert que tan sólo de tanto en tanto será cuestionada. Gana, de hecho, en incontables ocasiones seguidas a su némesis. Logra un sinfín de Grand Slams.  Se convierte en la número 1 indiscutible. Llega incluso a imponerse en el territorio de Evert ( Roland Garros) y obliga a la Nancy norteamericana a ir más allá de sí misma para lograr volver a imponerse.

Esta última etapa tiene a Navratilova como gran dominadora pero también ofrece épicos partidos como alguna final de Roland Garros en la que Evert se rehace de tantas frustraciones y asesta un golpe fatal a Martina. Será, sí, durante estos años, a su vez, que esta rivalidad se convierta en icónica. Porque Evert no se rinde. Demuestra ser también una competidora feroz y se niega a bajar los brazos. Lo que prácticamente transforma los partidos de ambas en una ceremonia mística. Un ritual sagrado que va más allá del tenis. Una demostración de que el deporte puede rozar también los territorios del más allá. De hecho, al final de su trayectoria, los espectadores no iban a ver un partido cuando ambas se enfrentaban. Acudían en masa a los estadios a celebrar la vida. A dar gracias por existir.

   Con el tiempo, Evert y Martina se dieron cuenta de que los lazos de unión que poseían era muchos más que los que los separaban. Su relación pasó por muchas etapas. Hubo celos, envidia, miedos pero también admiración, fraternidad, respeto y finalmente, amistad y amor.

En principio, Evert tal vez miraba con cierta displicencia y aprensión a Navratilova. Más tarde, Navratilova clavó una foto de Evert en su habitación, empeñada como estaba en destruirla tenísticamente. Y, finalmente, ambas se dieron cuenta de que estaban contribuyendo a crear una aureola mítica en la historia del tenis. De que ambas estaban mejorándose mutuamente y haciendo avanzar hacia otros rumbos este deporte. Lo que liberó sus almas de la tensión competitiva y les proporcionó paz. La dicha de los elegidos. De hecho, en un momento dado, ambas se dieron cuenta de que nadie las conocía mejor que su rival. Martina había visto más veces llorar a Evert que sus propios padres y viceversa. Ambas se habían estudiado con tanta intensidad que, finalmente, habían acabado pareciéndose. Eran más hermanas que rivales. No eran opuestas sino complementarias. Si alguien hubiera aunado sus golpes y rostros, hubiera logrado forjar la tenista perfecta. La imbatible. Ambas, sí, eran eternas y es lógico que hayan forjado una de esas amistades irrompibles porque las intensas vivencias experimentadas se acabaron imponiendo a sus recelos, deseos y pensamientos. Lo que experimentaron, desde luego, fue único. Una envidiable simbiosis que supera a cualquiera que haya existido hasta ahora en el mundo del tenis. Shalam

أسوأ الكاذبين هي مخاوفنا

Los peores embusteros son nuestros propios temores

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1ºimagen….yo es que veo una raqueta y veo el apartamento…..
    2ºimagen….martina comiendole la oreja a chris……
    3ºimagen…..cuando terminemos la jornada nos vemos alli….
    4ºimagen…. la llave y te asciendo…..
    5ºimagen….felicidad………….
    6ºimagen….la jueza de fondo es una escultura, sentada, en la tarima y con la parte de atras tambien………. hiperrealismo
    7ºimagen…..jugaremos una partidita (a las cartas)….jajajjjj
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=D2ZATAGfxrg….Martika – Martika’s Kitchen….exuberante produccion de prince…..ohhhhh….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Ja.. mítica escena de Lemmon cocinando ¿no? A esta película debo hacerle un avería. Algún día se lo haré.. sí.. Apar-ta-men-to.. Obra Maestra.2) Por aquel entonces Navratilova destrozaba una y otra vez a Evert y esta pasaba una enorme depresión. Aquí se puede intuir. 3) Típica foto partida de documental de Eurosport. 4) Los Manolos: «Amigos para siempre». 5) El jersey o polo de lana fina de Evert es top. Muy pop. Lo imagino en el cuerpo de la cantante de Saint Etienne. 6) Exacto. Eso te iba a decir. O bien hiperrealista. O bien una figura de cera de un museo de terror. «La muerte detrás de Navratilova». 7) ¿Están deslumbradas por las fotografías, por el sol o por su propia grandeza? ¿Están viendo el lugar que ocuparán en la historia del tenis? PD: Ah.. sí.. la producción de Prince….. yo la verdad a Martika, (tal vez sea yo injusto con ella) la veo como una «one hit wonder». Inolvidable su «Toy Soldiers». Ahora mismo voy a escucharla.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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